Página 10 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Sólo durante las primeras horas del amanecer tenía un breve descanso que podía dedicar a
mis entretenimientos adolescentes. Era esa edad indeterminada en que todos los pillastres del pueblo
nos reuníamos a fantasear y a contarnos exageradas aventuras de la vida diaria y de la eterna guerra
contra los moros. Yo tenía entre ellos cierta aureola de virilidad precoz, porque mi trabajo en la ta-
berna me permitía conocer muchas cosas. Era una especie de "entendido" en las cuestiones de la
vida y de la guerra. A decir verdad, era tan entendido como ellos, pero yo explotaba esa fama que
me permitía adoptar una actitud solemne y lejana, muy a tono con mi posición de sabio.
Cuando mi protector murió, yo ya era un hombre. No podré olvidar jamás el cálido abrazo
con que se despidió, ni la mirada de resignación con que finalizó su agonía.
Por esos días todavía no sentía el peso de mi destino, pero unos años más tarde empecé a
comprender con creciente espanto la anormalidad de mi existencia. Todos mis compañeros de co-
rrerías infantiles ya estaban agobiados por el peso inevitable de los años o yacían bajo la tierra
santa del cementerio... y yo no cambiaba lo más mínimo. Todo lo contrario, poseía una fuerza que
no se podía comparar con nadie del pueblo y una extraordinaria rapidez de movimientos.
Todavía recuerdo vagamente aquella tarde en que me encontré con Antolín Bermúdez, quien
en la niñez fuera el incansable compañero de cacería de conejos mediante
lazos de crines de caballos. Venía hacia mí por el transitado sendero que
servía de atajo a Burgos, caminaba cabizbajo por las preocupaciones y el
peso de los años. Su hijo mayor lo sujetaba solícito por el brazo.
Me di cuenta de que no me veía bien. Se detuvo, y escudriñando en la
sombra preguntó con voz cascada:
--¿Alvaro? ¿Eres tú, Alvaro?
--Sí, Antolín, soy yo --respondí desde la sombra de un viejo olmo.
El viejo iba a continuar su camino, pero de pronto se detuvo y se dirigió
vacilante hacia mi refugio de sombras.
Sin decir una palabra me miró, tenía la faz pálida y surcada por las
profundas grietas de los años. Me observó atentamente durante un largo
rato, mientras su hijo callaba en tensa expectación.
De pronto lo empujó hasta situarlo a mi lado: fácilmente habría pasado
por mi padre. Antolín lo comprobó con sorpresa.
La desdentada boca no pudo emitir palabras, pero su mano temblorosa
hizo lentamente la señal de la cruz, mientras sus ojos relampagueaban
ante la siniestra evidencia.
Esa misma noche ensillé mi mula y me perdí por los laberínticos cami-
nos de España.
todavía
recuerdo
vagamente
aquella
tarde en que
me encontré
con antolín
rodríguez