Página 100 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
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corial estaba relacionado con la creencia que el propio rey tenía de que su falta de descendencia
era debido a un hechizo. Como los hechos demostraron, el rumor iba bien encaminado. Efectiva-
mente, para remediar la infertilidad de los reyes un astrólogo de palacio tuvo una macabra ocu-
rrencia que, sin embargo, fue aceptada por sus majestades y por cuantos les rodeaban, clero
incluido. Aprovechando que se estaban exhumando los restos de los parientes del rey para trasla-
darlos a su nueva ubicación, llevaron allí al monarca y le fueron mostrando las momias de sus fa-
miliares. La intención era que los abrazara para así recibir de ellos la fuerza necesaria para
engendrar. Pero cuando le mostraron el cadáver de su difunta primera esposa, fallecida diez años
antes, el rey salió despavorido. No sólo no consiguieron el efecto deseado, sino que su enfermedad
se agravó aún más poniendo en serio riesgo su vida. Aquello le dejó marcado de tal manera, que
aumentó tanto su depresión, su asilamiento y sus miedos, que le llevó a dormir acompañado de
unos frailes en la habitación preparados a socorrerle mediante exorcismos si llegara el caso. Cada
día más cansado, débil, angustiado y enfermizo, a los treinta y seis años parecía tener setenta. De
hecho, vivía de puro milagro.
Obviamente, en el pequeño mundo de Rosa las cosas transcurrían de forma más prosaica. Había
puesto todas sus esperanzas en Francisca, y creía a pies juntillas que todas sus predicciones se ha-
brían de cumplir. Si las habas y los naipes decían que Adriano se habría de juntar con ella, estaba
convencida que así ocurriría. Así se lo había dicho Francisca, y ella le daba todo crédito. Pero para
ver materializado su deseo, Rosa debía encontrar primero a su alabardero. Junto a su amiga se di-
rigió a la compañía de Guardias de Alabarderos Alemana, conocida como Tudesca, en cuyo puesto
de guardia no les pudieron dar cuenta. Alguien les aconsejó que fueran a preguntar donde los Ar-
cheros de Borgoña, pero allí tampoco obtuvieron respuesta. Lo mismo ocurrió en la Guardia Espa-
ñola, en la Guardia Vieja y en la de la Lancilla. Sorprendentemente, en ninguna de las compañías
acuarteladas en el Real Sitio conocían a Adriano. Parecía que se le había tragado la tierra. Como
no obtenían ninguna respuesta en los cuarteles, Francisca, que empezaba a tener sus barruntos, de-
cidió utilizar un atajo: abusar de la confianza de su señora la marquesa y pedirle que hiciera ges-
tiones ante su marido para que averiguara el paradero del alabardero. No en vano su marido, don
Fernando de Aragón y Moncada, era Consejero de Estado y de Guerra del gobierno de Carlos II.
Hubieron de pasar varias semanas hasta que, una tarde, de regreso el marqués de sus quehaceres,
se tuvo noticias del albardero. Llamada Francisca a su gabinete, escuchó de los propios labios del
marqués la noticia: el que ella llamaba Adriano no se llamaba tal, sino Joannes, de nación sajona,
que había sido destinado hacía seis meses a la ciudadela de Rosas, en la frontera franco-catalana.
Pero lo más sorprendente vino a continuación: el susodicho procedía de Dresde, donde consta estar
casado y tener un hijo, como así figura en su hoja de servicios. Francisca se quedó pálida, abochor-
nada ante el marqués y ante sí misma, y abandonó la estancia cabizbaja.
Cuando al día siguiente le contó la mala nueva a su amiga, Rosa creyó morir. Se sintió doblemente
traicionada en lo más profundo de su ser al descubrir que su romance con el soldado fue todo una
engañifa, al igual que las promesas de matrimonio. Fue como una honda cuchillada hecha con
daga oculta, que no vio venir, en todo el corazón. Herida que no sangra, pero más dolorosa que
las que desgarran la piel. Enseguida entendió que no había solución ni remedio: mientras las pro-
mesas de amor se las llevó el viento, el dolor quedaba con ella socavando su interior. «¡Qué fácil-
mente nos dejamos engañar por aquellos que amamos! ¡Maldito traicionero de falso amor!»,
exclamó al fin Rosa entre sollozos, mientras Francisca la miraba triste y contrariada.
Aquella tarde fue la última vez que las dos se vieron. Rosa solicitó de su señora la merced de re-
tirarse por una temporada a la casa solariega que los condes de Cedillo poseían en el despoblado
de Tocenaque, distante nueve leguas de Madrid, adonde marchó a prestar sus servicios. Francisca,
por el contrario, continuó en Madrid, tan desconsolada por lo acontecido que durante semanas es-
tuvo mortificándose por no haber acertado con el porvenir de su amiga. No llegaba a acertar dónde
había errado. Sus habas y sus naipes nunca la habían fallado… Bueno, casi nunca.