Página 101 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Cuando ya fue más que evidente que el rey era incapaz de engendrar un hijo, el rumor popular
que lo achacaba a un hechizo se elevó a la categoría de oficial. Fracasados los remedios galénicos,
las dietas a cual más extravagante, los espontáneos charlatanes metidos a alquimistas, y hasta las
oraciones y reliquias junto al lecho conyugal, los consejeros y alto clero por fin aceptaron la existencia
de un maleficio, que el mismo rey hacía tiempo sospechaba. Maleficio que unos atribuían al rey
francés, y otros al emperador del Sacro Imperio, que se disputaban, como carroñeros, los despojos
de un imperio español venido a menos y sin sucesión. Meses de paranoia colectiva los que se vivieron
en la corte madrileña, en los que cualquier extranjero era sospechoso de ser culpable o cómplice
del hechizo del rey. ¡Incluso un sastre de la reina fue apresado por su costumbre de poner bolitas de
plomo en los bajos de los vestidos a manera de lastre!
La tarea de deshacer el hechizo se la encargó el monarca al Inquisidor General, cardenal Roca-
berti, y al padre Froilán Díaz, consejero de la Suprema y confesor del propio rey. Había llegado a
oídos de ambos clérigos que en el convento de la Encarnación de Cangas de Tineo había tres monjas
endemoniadas, y que por su boca hablaba el mismísimo diablo. Fue así como supieron que el rey
había sido hechizado en dos ocasiones: la primera ocurrió el 3 de abril de 1675, cuando tenía ca-
torce años, dándole a beber en una taza de chocolate una pócima compuesta de órganos de ajus-
ticiado
sesos para anularle la voluntad, entrañas para arruinarle la salud, y riñones para esquilmarle
la virilidad
, cuyos efectos se renovaban con cada luna; y la segunda, el 24 de septiembre de 1694,
con otro bebedizo que preparó una famosa hechicera que vivía en la calle Mayor de Madrid.
El pobre Carlos II, ya de por sí enfermo que no se tenía ni de pie, se entregó resignado a todo
tipo de brebajes a cual más asqueroso, amén de a más sangrías y purgas para limpiar su cuerpo de
cualquier residuo diabólico. Al Inquisidor General y al confesor del rey
a quienes se les había reser-
vado la misión más delicada, la aplicación de exorcismos
, durante varias semanas del mes de marzo
de 1698 se les vio llegar a palacio antes del amanecer. A diario, hicieron beber al rey un cuartillo
de aceite bendito en ayunas, para después ungir su cuerpo desnudo con el mismo aceite. Y por si
fuera poco, de cuando en cuando le suministraron purgas a base de incienso bendito, pan consa-
grado, huesos de mártires pulverizados y tierra del Santo Sepulcro. Parecía como si galenos y ecle-
siásticos se hubieran puesto de acuerdo en limpiar el cuerpo del rey a costa de dejarle vacío de
contenido.
Todo este absurdo despropósito se mantuvo en secreto hasta mayo del año siguiente, que fue
cuando la reina se enteró. Bramando de cólera arremetió contra los autores de semejante disparate,
siendo el confesor perseguido por la Inquisición. Rocaberti escapó de las iras de la reina, porque
murió el día de San Antonio. Fue nombrado en su lugar el cardenal Alonso de Córdoba; pero, como
si se tratara de una maldición, murió extrañamente el día 19 de septiembre, tres meses después de
su antecesor, el mismo día que llegó la bula papal con su nombramiento. El asunto
supuestamente
secreto
del hechizo del rey de España se había extendido por toda Europa. No faltaron, incluso, vi-
dentes alemanes o italianos que opinaron también sobre el caso. Y aunque los embajadores espa-
ñoles lo intentaron ocultar, tanto conjuro y exorcismo convirtió a la esperpéntica corte española en
el hazmerreír de todo el continente. A mediados de 1699, de Italia llegó el célebre capuchino fray
Mauro de Tenda, quien ofreció sus servicios para exorcizar al monarca. Aceptado por la reina, que
ya empezaba a dar síntomas de agotamiento y de estar imbuida con la locura de los demás, sometió
al pobre rey a un exorcismo en el que no faltaron pinchazos con agujas, necesarios para demostrar
que no estaba endemoniado, sino solamente hechizado. Le retiraron una bolsita que llevaba en el
cuello desde tiempo inmemorial, que resultó contener cáscaras de huevo, uñas de los pies, cabellos
y otras cosas parecidas. Durante cuatro semanas confesó y comulgó el rey en días alternos, siendo
sometido cada tres a escalofriantes sesiones de exorcismos. Tan verdad es que no sirvieron de nada,
como que el fraile capuchino también acabó siendo procesado por la Inquisición y desterrado de
España. El hechizamiento del rey ya se había llevado por delante a dos Inquisidores Generales, a
dos confesores, varios prelados y algunos consejeros a quienes pilló desprevenidos. Y, esencialmente,
a buena parte de la poca salud que al pobre rey le quedaba.