Página 102 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Mientras todos estos hechos acontecían en la corte, no muy lejos de allí, en el lugar de la Alameda,
un sucedido inesperado estuvo a punto de arruinar la vida a Francisca. El 14 de marzo de 1698,
una vecina de dicho lugar testificó ante un comisario del Santo Oficio acusándola de hechicera,
pues traía o apartaba hombres a su voluntad mediante conjuros y oraciones. La delación fue remitida
al Tribunal de Toledo, donde se hicieron cargo de la investigación, aunque ésta se hizo sin dema-
siadas prisas, pues hasta el 11 de julio del año siguiente no se calificaron los hechos. Los padres
calificadores concluyeron que las proposiciones y oraciones empleadas por Francisca eran clara-
mente supersticiosas, y que a lo menos contenían pacto implícito con el demonio. A la semana si-
guiente el fiscal del Santo Tribunal presentó ante los señores inquisidores solicitud de prisión en las
cárceles secretas contra Francisca, y embargo de todos sus bienes.
En contra de lo que cabría esperar, los señores inquisidores no estuvieron por la labor. No había
suficientes testigos, y el testimonio aportado no era bastante para poder iniciar un proceso con ga-
rantías. Afortunadamente para Francisca, quedaba ya muy lejos la época en que una simple denun-
cia anónima podía llevar a la hoguera a una persona. Eso lo conocieron muy bien los conversos,
aquellos cristianos nuevos por siempre sospechosos de mantenerse en su antigua religión y costum-
bres. Ahora corrían otros aires por las audiencias de la Inquisición, y la prueba tangible había ganado
la batalla a la mera confidencia:
«En la Inquisición de Toledo, a 18 días del mes de Julio de 1699 años, estando en audiencia
de la mañana los señores Inquisidores licenciados don Esteban Francisco de Espadaña y don Alonso
de Navia y Bolaño, habiendo visto la sumaria información contra Francisca González, vecina de La
Alameda, dijeron que respecto de no haber prueba bastante, por ahora se suspenda esta causa; y
lo señalaron. Don Manuel Osorio, escribano».
De hecho, Francisca no fue ni siquiera molestada por el Santo Oficio, ahorrándose el tener que
comparecer ante los inquisidores y la amarga experiencia de conocer las celdas de la toledana plaza
de San Vicente. Podemos decir que le sonrió la fortuna. Aunque la denuncia llegó a oídos de su se-
ñora la marquesa, ésta no se dio por enterada y se lo ocultó a su marido. Con el espectáculo que
se estaba dando en palacio, las ingenuas prácticas de su sirvienta le parecieron simples juegos de
adolescentes, y no hubiera sido justo despedirla.
Los médicos de la corte ya no sabían qué hacer con la enfermedad del rey. Los últimos años
habían sido de continuas diarreas, cólicos dolorosos, vómitos, galopante delgadez, hinchazón de
miembros y del vientre, y una melancolía que inundaba su alma. Lo intentaron todo: le pusieron pa-
lomas recién muertas en la cabeza y entrañas aún calientes de corderos sobre el vientre; le dieron
a comer capones cebados con carne de víboras, y hasta de beber orines frescos de vaca. Su majestad
era un despojo, vivía de prestado, y el color cadavérico de su cara auguraba el peor de los pronós-
ticos. Todo ese año Madrid vivió sobresaltado, pues cada mes que transcurría parecía que era el úl-
timo del pobre rey. A primeros de octubre todo se precipitó: hizo testamento, recibió los últimos
sacramentos y se preparó a buen morir. La larga enfermedad le tenía tan consumido, que su cuerpo
era más una momia que un ser vivo; pero aguantó tres semanas más. Tras varios días de fiebre y
una penosa agonía, el 1 de noviembre de 1700 entregó la vida el rey Carlos II, a pocos días de
cumplir los 39 años de edad. Y con él, se fue toda una dinastía.
Una tarde de la primavera del año siguiente, a la hora del chocolate, la señora marquesa de los
Vélez merendaba en su palacio con su amiga la marquesa de la Peñuela. Ambas compartían preo-
cupación por el futuro que les depararía a sus hijas la nueva España de los Borbones: procedente
de Francia, el 18 de febrero había hecho entrada en Madrid el nuevo rey con su séquito extranjero,
y su arribada presagiaba muchos cambios. Después de toda una tarde llena de confidencias, la se-
ñora de la casa mandó llamar a Francisca. A puerta cerrada, y contando con la complicidad de su
amiga, le preguntó si aún conservaba los naipes y las habas.