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Estampa malaguEña DE la
guErra DE la INDEpENDENCIa
UN RELATO DE
Mª José Toquero del Olmo
J
José de Torres y García tomó posesión del cortijo de La Alcauca en presencia de los testigos que más
tarde darían fe. Como estipulaba el protocolo, recorrió el sendero que cruzaba las tierras, cortó al-
gunas ramas de tejo y aventó un puñado de tierra. Se detuvo y contempló el Boquete de Zafarraya
recortándose contra el cielo raso de aquella mañana del último día de febrero. Supersticioso como era, con-
sideró un buen presagio el vuelo de un águila perdicera sobre su cabeza. Había tenido suerte de que el
Duque de Medinaceli le concediera la licencia de explotación de los terrenos de La Alcauca y el usufructo de
la magnífica arboleda de tejos que allí crecía. Pero ese tiempo de complacencia e íntima satisfacción no
duró mucho; pues el apoderado del Duque, deseoso de regresar cuanto antes a la comodidad de su despa-
cho de Vélez, lo apremió para que mudara unas cuantas piedras de unos neveros a otros y tomará así po-
sesión de los pozos que le servirían para conservar el hielo. Y es que la nieve era por entonces un bien
preciado y los Torres de Canillas de Aceituno, conocedores de los ventisqueros y pozos próximos al pico de
la Maroma, expertos en su aprovechamiento.
José de Torres se mudó de camisa y bajó a Vélez con la intención de tratar de negocios con el corregidor.
Habían transcurrido trece años desde que firmó las escrituras de arrendamiento de los terrenos de Sierra Te-
jeda y, en ese tiempo, había alcanzado el éxito, convirtiéndose en proveedor de los grandes señores de Má-
laga, y sufrido después la ruina que la sequía, el terremoto y la peste llevaron a la Axarquía. Al despedirse,
su mujer, harta de padecimientos y miserias, le previno: “Ten presente, José, que vas a vender hielo, nada
te importa a ti si ese tal Bonaparte se queda con el trono y manda a nuestros reyes a las Indias para hacer
y deshacer a su antojo en España..Te puedes desahogar en casa, siempre y cuando la puerta y las ventanas
estén cerradas; pero no se te ocurra ponerte a vocear en la taberna sobre las intenciones de los gabachos.
Date cuenta, marido, que el vino suelta la lengua y ha conduido al calabozo y a la ruina a más de uno”
La mañana era magnífica. Embriagaba el azul prístino y rotundo de un cielo sin nubes y las casas eran
como palomas enjalbegadas varadas al borde del barranco y dispuestas a emprender el vuelo hacia ese
cielo interminable. La primavera hermoseaba el valle de Vélez y recorrerlo era una delicia; no obstante, Torres
cabalgaba absorto en sus pensamientos. Saludaba de vez en cuando a los campesinos que binaban las
viñas; pero, no prestaba la menor atención a los gigantescos setos de chumberas y sábilas que flanqueaban
el camino ni a los delicados efluvios del azahar recién florecido.
Desde que comenzaron los rumores sobre la entrada de las tropas de Napoleón en España y se tuvo noticia
del amotinamiento de Aranjuez contra Godoy, en la provincia de Málaga, prendió el patriotismo. El veintisiete
de marzo del año 1808 se recibió en el Cabildo de Málaga la notificación oficial de que los franceses habían
entrado en España en son de paz y amistad, y la provincia se convirtió en un hervidero de voces críticas
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