Página 106 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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contra las secretas intenciones que albergaba el Emperador. “Uno se da cuenta de lo hondas que
son la raíces, sólo cuando el viento zarandea el árbol y amenaza con derribarlo”, solía decir Torres
para explicar sus sentimientos, que eran los mismos que los de los andaluces y los de cualquier es-
pañol de bien.
Hasta los hombres que nunca se habían preocupado por la política parecían contagiados de una
creciente agitación. Unos pocos decían que Godoy era la mejor cabeza pensante de las Españas y
que sus razones tendría para permitir el paso del ejército galo hacia Portugal, otros muchos afirma-
ban que era verdad que el Príncipe de la Paz era listo, más que un zorro, tanto que en la madriguera
de la reina se había metido y todavía no había salido, y que a saber qué tratos bastardos estaría ha-
ciendo con los gabachos. A Torres, que tenía espíritu de mercader, no le cabía en la cabeza que
Napoleón, teniendo la posibilidad de hacerse con la joya de España, se conformara con la bagatela
de Portugal. Y en esas cavilaciones andaba cuando se cruzó, ya en la entrada de Vélez, con Pepe
Segovia, rico hacendado de Algarrobo.
– Buenos días, señor Torres– dijo Pepe Segovia – ¿Qué asuntos le traen a Vélez?
– Buenos días nos dé Dios– dijo Torres ajustando el paso de su acémila al de la cabalgadura
de Segovia –. Vengo a hablar con el corregidor.
– Pocos arriendan a Vélez la ganancia de tener que mantener trece escribanos, trece regidores,
un alguacil, un alcaide y un corregidor – dijo Segovia enfatizando el último cargo.
– Poco dinero y mucha boca ociosa que mantener– añadió Torres.
– Entre la hambruna, la epidemia de fiebre amarilla y los saqueadores de las arcas municipales,
no va a quedar en Vélez ni un real para cantar misa– dijo Segovia.
– Ni boca que la cante – dijo Torres–. Hay que verse lo que era Vélez y
a lo que se ha visto reducido.
La reciente epidemia de peste había reducido la población de Vélez a
menos de la mitad. Torres pensó con el dolor de siempre en la muerte de
Milagros, su hija mayor, casada con un carpintero afincado en Vélez y em-
barazada de cinco meses. La enfermedad le llegó sin preludios que indica-
sen su venida. Pronto fue presa de lasitud e inapetencia. Se quejaba de
calentura, sequedad de boca y continuas náuseas. El vómito verdoso les
hizo temer lo peor. Los síntomas, lejos de remitir se agravaron. El semblante
de la muchacha, siempre rubicundo, se volvió marchito, de un color ama-
rillento oscuro, los ojos inyectados en sangre y un cansancio tal que le im-
pedía levantarse del lecho. La ardentía la desazonaba hasta el punto de
pedir que la tumbaran sobre las baldosas frías. “No te preocupes, hija – le
dijo Torres–, mañana mismo te bajo hielo de la Maroma”.
Las autoridades veleñas, desbordadas por el imparable avance de la fie-
bre, compraron todo el hielo de los ventisqueros, si no para sofocar defini-
tivamente la calentura, sí para mitigar el padecimiento de los infectados.
En aquella empresa Torres se había arruinado porque, a pesar de haber
vendido todos sus depósitos, no consiguió cobrar. Pero se alegraba de que
su hielo hubiera servido de alivio a su hija y a otros muchos enfermos.
– Se vive mejor en Canillas que aquí – dijo Segovia buscando el asenso
del compañero.
– Así es – dijo Torres–. Desde que el corregidor ofreció casas de balde para evitar la despo-
blación, Vélez se ha convertido en un antro de vagos y delincuentes de toda calaña.
– ¡Tiene usted más razón que un santo! – exclamó Segovia
– ¿Y qué le trae a usted a Vélez?– preguntó Torres con la intención de cambiar el sesgo de la
conversación.
– Mi mujer me ha encargado que compre un cordero. Hace ya unos días que los chiquillos
pasean a los animales adornados con lazos de colores por las calles de Vélez para tentar al personal.
Vengo con tiempo, no sea que se acaben los corderos y no podamos celebrar la Pascua Florida
como Dios manda – rió Segovia.
los hombres
que nunca
se habían
preocupado
por la
política
parecían
contagiado
s de una
creciente
agitación