Página 107 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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– Cómo se nota que llevamos ya un par de años de bonanza– bromeó Torres, refiriéndose a
lo abundante de las últimas cosechas y al fin de la epidemia de fiebre amarilla– Si tengo tiempo,
yo también pasaré por el mercado a comprar un cordero.
– Antes de eso, amigo mío, daremos agua a nuestros caballos en el aljibe y le invitaré a una
jarra de vino en casa de “Mariblanca”.
Los dos bancales y la suerte de almendros y olivos que había heredado Mariblanca no producían
lo suficiente para sacar adelante a sus siete hijos y para mantener al vago irredimible de su marido.
Vivaracha y lista, aprovechó la ubicación de la casa de la céntrica calle de la Coronada, la amplitud
de la portada y la sombra del emparrado que la cubría para abrir una taberna. Decía que había
nacido en jueves, que era la séptima hija y que había cantado en el vientre de su madre, requisitos
todos que la convertían en una buena sanadora del mal de ojo. Así, en la cocina contigua a la
cantina, en la que a diario hervía la olla que daba de comer a su numerosa prole, instaló su consulta
de curandera. A la bulla de la taberna se le unían los murmullos de los ensalmos en un tótum revo-
lútum que, de no haber sido por la calidad del vino y lo sabroso del queso, hubiera desanimado a
los parroquianos más acérrimos.
Torres y Segovia pronto comprobaron que en casa de Mariblanca se escanciaba un vino generoso.
A la segunda jarra, vaporosa la cabeza y suelta la lengua, los dos ejercían como patriotas, aun
cuando faltaba algún tiempo para que se supiera qué era exactamente el patriotismo a la española.
La tercera jarra de buen vino de Vélez terminó en vivas a la Virgen de los Remedios, a España y a
Fernando VII. A la cuarta, los dos hombres juraban que, de necesitarse, allí estarían ellos para po-
nerle muy claro a Napoleón y a toda Francia de quién era la tierra que pisaban.
Torres se lavó la cara en la fuente de la plaza de San Juan, se atusó el pelo y llamó a la puerta
del palacio del corregidor.
José Bravo y Heredia, nombrado corregidor de letras en el año 1805, tras las catástrofes que
asolaron la comarca axarqueña, era un hombre grave, ventrudo y de calva reluciente que vestía a
la francesa, pensaba a la francesa y gobernaba para complacer a Bernardo Fontán, vicecónsul fran-
cés en Málaga, y al Duque de Berg, cuñado y poderoso lugarteniente de Napoleón. Y qué decir de
la flamante corregidora Francisca Ventura, una dama enjuta, de ojos glaucos y rostro cerúleo, más
afrancesada aun que su marido, fiel seguidora de la moda de París y asidua a los banquetes y bailes
que celebraban los franceses en Málaga. Una pareja que, con su desapego y su inmodestia, des-
pertaba la inquina de todos los veleños y más aún de aquellos que guardaban luto por las desgracias
recientes.
El asistente hizo pasar a Torres a la sala donde despachaba el corregidor. Cuando el letrado le
preguntó sobre el motivo de la visita, el de Canillas, bastante nervioso, comenzó a enumerar las di-
ficultades a las que había tenido que hacer frente en los últimos años. José Bravo aplacó con un
movimiento instintivo de su mano la letanía que se le venía encima.
– Discúlpeme, José Torres– dijo el corregidor–. No sé de qué manera podría yo ayudarlo.
– Seguramente, señor corregidor – dijo Torres mordiéndose la lengua para no reclamar la
deuda contraída por las autoridades de Vélez en la época de la peste –, tenga usted amigos en Má-
laga interesados en adquirir hielo que refresque sus viandas.
– Amigos tengo– dijo Bravo exhibiendo un cierto orgullo de clase–. Y posiblemente sí estén in-
teresados en el hielo de la Maroma.
Al letrado le agradó el ofrecimiento de Torres. Pensó que las cosas habían cambiado mucho
en los últimos días. En la última carta al Duque de Berg, el corregidor se había dolido de lo desafecto
de la población de Vélez, que despreciaba a los franceses y vendía con gusto a los ingleses cuanto
se producía en sus campos; ahora, el patrón de La Alcauca buscaba la ventaja del mejor postor,
que ya no eran los Quilty, los Terry o los Power, sino los Manescau y los Mercier.
– Se acerca ya el calor – dijo el corregidor –, pronto comenzará la temporada de celebraciones
y se necesitará mucho hielo para elaborar helados y bebidas refrescantes.
– ¡Cuente usted con la nieve más limpia y aromática de toda la provincia! – exclamó Torres,
satisfecho por la acogida.