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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Segovia y Torres volvieron a coincidir en casa de Mariblanca el día primero de junio. En las es-
quinas de Vélez aún resonaban los ecos del edicto que el corregidor mandó pregonar el día once
de mayo. Se vigilaban las casas y se protegía la vida de los franceses residentes en el municipio,
todas las noches se formaban rondas de gente armada y, a partir de las ocho de la tarde, estaba
totalmente prohibido transitar en grupos de tres o más personas. Los veleños, aunque descontentos,
habrían transigido con estas medidas; pero, ordenarles que cumplieran las exigencias del Duque
de Berg, que auxiliasen y rindiesen pleitesía al ejército galo, era como encender la mecha en un
polvorín saturado de desengaños y sobrado de arrojo. En la taberna, se recibió con alborozo la ab-
dicación del rey Carlos en su hijo y con indignación la noticia de que el corregidor se negaba a fes-
tejar la proclamación de Fernando como nuevo rey de España.
La cantina se vació en un minuto. Los parroquianos, espoleados por la buena nueva y enardecidos
por el repique de campanas, corrieron a la plaza de San Juan. El regidor Antonio Carrión batía el
pendón de Vélez en un balcón del Ayuntamiento. Los congregados en la plaza lo vitorearon con en-
tusiasmo. A cada ondulación de la bandera, se disipaba más el miedo a las posibles represalias.
Torres y Segovia, contagiados de la crispación del gentío, pedían que el corregidor saliera del Ayun-
tamiento y entregara las órdenes de Murat para quemarlas ¡Iba a saber el soberbio Duque de Berg
lo que era vérselas con los axarqueños!
La corregidora, lejos de amedrentarse, aconsejó a su marido que defendiera el municipio. Había
que cortar el paso a Nazario Reding, que procedente de Málaga avanzaba con un batallón de Suizos
hacia Granada y amenazaba con despojar al corregidor de toda autoridad. En la resistencia, Fran-
cisca Ventura veía el ascenso meteórico de su marido. Si defendían la plaza, estaba segura de que
conseguirían codearse con el mismísimo Emperador y de ahí. ¿quién no llegaría a ministro? Y siendo
ministro, ella se encargaría de no desaprovechar la oportunidad de enriquecerse. Despejó la mesa
de la sala de de estar de su colección de las estampas de la moda de París y extendió unos impro-
visados planos de las Casas Capitulares de Vélez. A su entender, debían esconder hombres armados
en los jardines y en el pósito para sorprender a las tropas, si es que finalmente el coronel Reding se
decidía a tomar el pueblo. No hizo falta, pues los militares se dirigían a Granada y Vélez no entraba
en sus objetivos.
Los hombres que extraían la nieve del Boquete del Pico de la Maroma y la preparaban para su
largo camino hacia Málaga fueron los primeros en tener noticia de que los franceses habían entrado
en Rute y se dirigían a la Axarquía. Torres apremió a sus hombres para que llenaran lo más pronto
posible los serones en los que se transportaba el hielo. Habitualmente, cargaba las caballerías hasta
hacerlas reventar; pero, en aquella ocasión, quería llegar lo más pronto posible a Vélez para avisar
a los vecinos y se permitió el lujo de aligerar a la mitad su cargamento. A medida que avanzaba la
caravana de la nieve y se tenían noticias de la invasión francesa, más axarqueños se unían a la
reata de acémilas. En el silencio de la noche y a la luz de las teas y farolillos que guiaban la recua,
parecían un paso procesional de Semana Santa.
Al amanecer, cuando llegaron a Vélez, eran un tropel vociferante. Los veleños se asomaban
a las puertas y ventanas y, ante la amenaza de los ejércitos de Napoleón, se echaban a la calle. A
las diez de la mañana, una multitud enardecida ocupaba la plaza de San Juan y exigía al corregidor
que le diera armas y municiones con las que defenderse del inminente ataque de los franceses.
Torres y Segovia volvieron a encontrase en medio de la turba que clamaba para que se le entre-
garan las órdenes de Murat. El corregidor, que se había negado a suministrar armamento a los exal-
tados, no tuvo más remedio que claudicar. Hubo momentos angustiosos en los que la muchedumbre
que se arremolinaba en torno al portón del Ayuntamiento parecía a punto de devorar al alguacil
que portaba las cartas. El gentío, lejos de conformarse con la destrucción de las órdenes, y como
enardecido por la hoguera en la que ardían los documentos comenzó a pedir el bastón de mando
del corregidor.
Segovia estaba entre los que vociferaban: “!Es una iniquidad lo que pretende hacer con nosotros
el cobarde del corregidor! ¡Que nos entregue la vara! ¡ Nombremos corregidor a don Pedro de
Bourman!”