Página 109 - SENOHI

Versión de HTML Básico

RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
|
109
|
Y el pobre Pedro de Bourman, sin olerlo ni quererlo, fue investido autoridad máxima de Vélez
e izado a hombros como un pelele en las fiestas de carnaval, mientras la turba gritaba enloquecida:
“¡Que nos entreguen a Bravo! ¡Nosotros mismos lo ajusticiaremos y lo ahorcaremos!” Hasta el vi-
cario tuvo que ponerse de rodillas para pedir a la multitud que se calmara. La única solución fue
sacar en volandas al corregidor y conducirlo a los calabozos. El gentío pudo ver a José Bravo, ja-
deante la respiración, los brazos caídos y tembloroso, pálido el rostro y los ojos desorbitados.
A los pocos días de la Octava del Corpus, se tuvo noticia en Vélez de los tristes sucesos acaecidos
en el monasterio de la Cartuja de Granada, adonde habían trasladado a José Bravo y a su íntimo
amigo el vicecónsul francés Bernardo Fontán. Si algo no se perdonaba en España entonces, era el
haber ejercido de afrancesado. Y ese pecado lo habían cometido, y bien a las claras, Bernardo
Fontán y José Bravo. Y por ese delito, en el trayecto procesional de Corpus, entre el monasterio de
la Cartuja y al convento de la Merced, fueron apuñalados por un grupo de fanáticos.
La rebeldía se extendió en la provincia de Málaga como la tinta en el papel secante. Lo ac-
cidentado del terreno y el conocimiento exhaustivo que los hombres tenían de él fue el arma más
eficaz en la lucha contra el francés. Así, lo que puso fin a la invasión, no fueron las navajas que los
patriotas blandieron en las calles ni los trabucos en ristre con los que los guerrilleros se echaron al
monte, sino lo escarpado de las cumbres montañosas, inaccesibles a los batallones; lo angosto de
los desfiladeros en los que se emboscaban los guerrilleros para caer en el corazón mismo de las
huestes napoleónicas; lo tortuoso de las sendas, dédalo enloquecedor para unas tropas bien per-
trechadas, pero acostumbradas a batirse en terrenos abiertos y lo infranqueable de las guaridas en
las que se escondían las humildes cuadrillas que luchaban contra el más poderoso ejército del
mundo.
Torres no volvió a ver a José Segovia desde el amotinamiento de Vélez;
pero tuvo noticias de que había formado una cuadrilla de guerrilleros y de
que campaba a sus anchas por los pagos de Vélez.
La partida de José Segovia era una banda de ochenta hombres, la mayor
parte de a píe, armados unos con trabucos antañones, otros con fusiles
roñosos, vestidos como su fortuna, siempre escasa, les permitía, con un
pañuelo descolorido por el sol en la cabeza, la manta al hombro y calza-
dos con alpargatas o con botas tan zarrapastrosas que mejor hubieran ido
descalzos. Al grito de "!Viva Fernando y vamos robando!", ora se enfren-
taban con las tropas napoleónicas, ora confiscaban las cosechas y el ga-
nado de los lugareños, y lo que era peor para los franceses, incitaban a
sus paísanos a armarse y a seguirlos.
Las ordenes de Murat fueron tajantes. El teniente coronel Bellangé,
al mando del destacamento francés acantonado en Málaga, debía poner
orden a los desmanes que cometían los guerrilleros de la Axarquía. Una
compañía del Regimiento 58, media del Regimiento Fijo de Málaga y un
pelotón de Dragones, puso rumbo a Vélez en busca de los brigands. La
cuadrilla de Segovia, emboscada en el desfiladero de Algarrobo, acabó
con la columna del Regimiento 58 que mandaba el capitán Ricard. Be-
llangé, ansioso de revancha, concentró a todos sus hombres y marchó
hacía Algarrobo. Su objetivo era desmantelar la partida y capturar vivo o muerto a José Segovia.
Vana pretensión, pues los guerrilleros, acorralados, gritaron : "Muchachos, dispersión. Dentro de
un par de días nos encontraremos en el cortijo de La Alcauca", y, como bien sabían los franceses,
se puede vencer a un enemigo franco; pero no se puede dar caza a los fantasmas.
Bellangé dolido en su orgullo por la burla de los brigands, se dirigió a la plaza de Algorrobo y
amenazó con quemar el pueblo. Los vecinos juraron y perjuraron que nada tenían que ver con las
andanzas y fechorías de la partida de Segovia y suplicaron el perdón del coronel Bellangé.
– No soy yo quien puede salvar de las llamas a Algarrobo– dijo Bellangé con altanería–. De-
beréis dirigiros a las altas autoridades francesas de Málaga en busca de clemencia. Disponéis de
veinte horas, que empiezan a contar desde este momento.
la rebeldía
se extendió
en la
provincia de
málaga
como la
tinta en el
papel
secante