Página 11 - SENOHI

Versión de HTML Básico

RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
|
11
|
II
! Ah, viejas campanas de Burgos! Todavía se estremecen mis recuerdos con tu sonora voz
metálica; pero esta maldición, este estigma invisible que me dejó detenido en el tiempo, me lanzó
hacia la soledad como un paria o un bandolero. Peor que un judío o un moro; porque a pesar de
la saña de la Inquisición, ellos saben lo que son y pueden convivir con seres de su raza.
Algunas veces he querido convencerme de que esos recuerdos tan lejanos son sólo el resul-
tado de mi imaginación desbocada, de que esta vida increíble es una larga pesadilla: por la sencilla
razón de que no puedo haber vivido tanto; porque los seres humanos no pueden vivir más de cua-
trocientos años, y si alguien lograra lo imposible, no podría sentirse ágil y vigoroso como yo me
siento. No sólo eso, ocurre que jamás me he enfermado y ni siquiera tengo una cana.
Pero no quiero seguir pensando en estas cosas que me aterran. Las imágenes infernales de
las antorchas humanas con que la Santa Inquisición ha iluminado los caminos de España son ca-
paces de ahuyentar hasta la sospecha más recóndita de la brujería. ¡Porque yo no soy ni un brujo
ni un endemoniado! Si lo fuera no podría recibir en mí el Sagrado Sacramento ni entrar en la morada
de Dios.
Seguramente alguien me ha marcado con una terrible maldición, pero, ¿quién?, ¿por qué?,
si jamás he ofendido a nadie. Un ser tan insignificante como yo no puede hacer daño. No soy como
esos grandes señores que ostentan su orgullo y poder en suntuosos carruajes o insolentes palacios.
Soy un sencillo trotamundos, sin amigos ni raíces, que viajo sin destino ni descanso por estos
caminos polvorientos con la certeza de que algún anciano de mente poderosa me reconocerá para
gritar asombrado y temeroso: "¿Cómo?, a este hombre yo lo conozco. Lo vi hace treinta años y está
igual que entonces. ¡Este es un brujo! ¡Un auténtico hijo del infierno; este hombre ha hecho pacto
con el Diablo, su señor! ¡En treinta años no ha envejecido!".
Esa es una de las constantes premoniciones que me aterran; porque en la continuación del
sueño me abraso entre terribles llamas por orden del Gran Inquisidor. Desde que tuve conciencia
de mi maldición, esta pesadilla me acosa con la regularidad indispensable como para no olvidar
que debo estar en constante alerta, que debo cuidar siempre de no llamar la atención y que debo
moverme incansablemente de un pueblo a otro. Para mí esas llamas se han convertido en una ob-
sesión, siempre están en mi mente: detenidas, estáticas, esperando. Ellas me han hecho ocultar du-
rante siglos para que nadie se fije en mi persona.
Creo que en una vida eterna podría recorrer todos los pueblos del mundo y seguir un curso
tan laberíntico que no me permitiera pisar nunca el mismo suelo. Así, durante cincuenta años, pu-
diera continuar por todas las bifurcaciones que van a la izquierda y durante los otros cincuenta las
que van a la derecha, y así sucesivamente en un tiempo infinito, hasta que esta terrible maldición
de tiempo detenido y de ansias inasibles se retire de mi vida y me dé el fin apacible que caracteriza
a todo lo vivo. Porque todo tiene su antítesis: el bien y el mal; lo feo y lo hermoso; el día y la noche;
la vida y la muerte.
Tal vez para mí llegue ese momento sereno, situado al final de la agonía y pueda romper las
barreras que me atan a esta vida cruel de viajero infatigable. Tal vez pueda llegar alguna vez a la
paz eterna que los Padres de la Iglesia nos han prometido a los que padecemos la existencia. "Bie-
naventurados los que sufren, porque de ellos será el Reino de los Cielos" --así dicen--. Si eso fuera
cierto, ¡que Dios me perdone la duda! Si eso fuera cierto, yo tengo asegurado mi humilde trozo de
Paraíso; porque yo, como ninguno, carezco de la posibilidad de lograr una migaja de felicidad en
esta vida.
Si mi quedo algunos años en un pueblo, pronto empiezan a hablar de mí. Siento esas
lenguas sibilantes que desde la distancia van creando un cerco de miedo y de rencores sin nombre.
Una suerte de ola oscura, con la viscosidad irracional de un odio inexplicable, sigue mis pasos con
la persistencia de un alma en pena.
Así será por toda la eternidad; porque yo, tal vez sin saberlo, sea un réprobo: un alma en-
cadenada a la eterna soledad. Creo que para el hombre no hay castigo más grande que el de la
existencia: para los demás existe el consuelo del Más Allá, para mí sólo este transcurrir inalterable
de días, meses, años y siglos donde no se presagia siquiera un final.