Página 110 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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– Es imposible que un hombre vaya hasta Málaga, consiga que la autoridad le firme el perdón
y regrese a Algarrobo en ese tiempo– dijo el alcalde.
– Ese no es problema mío - contestó Bellangé y, dando la espalda al alcaide, se reunió con
sus hombres.
Bellanger se refrescó en la fuente y se sentó, rodeado de su tropa, en la plaza.
Lo único que se le ocurrió al alcaide para entretener al coronel fue llevarlo a la taberna del pueblo.
A Bellanger, que llevaba muchas horas sin dormir y sin comer, no le desagradó la idea; sin embargo,
para Dorotea, la inesperada visita fue un mal trago.
La tabernera, como hacía siempre que se le llenaba la cantina, mandó a los niños más pe-
queños a casa de su suegra y avisó a Brígida y a Gertrudis para que le echasen una mano en la co-
cina.
– A los franceses les gustan las salsas – dijo Gertrudis, que había trabajado en Vélez en casa
del corregidor hasta que se lo llevaron para ajusticiarlo.
– Sí, mucha bechamel y mucha velouté – dijo Dorotea, enredando su lengua andaluza en los
sofisticados nombres –. Mucha salsa y poca carne.
– Bueno, Dorotea – replicó Gertrudis –, que los franceses tendrán muchos defectos, pero, gusto
para las comidas no les falta.
– Tampoco les falta extravagancia – dijo Dorotea –. El otro día, dos franceses hablaban del
pastelero de Napoleón y decían que había obsequiado al emperador con una tarta gigante con
forma de catedral. Fíjate cuánto bombo se dan.
– Qué queréis que os diga – intervino Brígida dando la razón a Dorotea–. Apetito es lo que se
necesita para apreciar un bocado y Bellanger, con tanto ir y venir en busca de Segovia , seguro que
tiene mucha hambre.
– Pues andando, Brígida – dijo Dorotea –. La señora Dolores ha cocido hoy; dile que te dé
una hogaza de pan, que ya haré yo cuentas con ella.
La tabernera mandó a Gertrudis que dispusiera una alcuza en la mesa de Bellanger. Nada
más apetitoso para el hambriento que una rebanada de pan reciente regado con un buen aceite de
oliva. Sirvió vino de Málaga enfriado en el aromático hielo de La Alcauca y obsequió a los comen-
sales con aceitunas aliñadas y lomos de boquerón marinados en vinagre con abundante ajo y pe-
rejil.
Brígida se presentó con una hogaza y una hermosa dorada que el hijo de la señora Dolores
había pescado al amanecer.
– Asaremos el pescado a la sal y se lo ofreceremos al coronel– dijo la tabernera, tanteando
las posibilidades de aquel pescado tan fresco.
Bellanger no tenía prisa. Cada plato era una delicia y el vino obraba milagros. Habían pasado
ya las cinco horas del plazo. La reunión en torno a la mesa logró, quizá, el hermanamiento que los
intereses de las naciones hacían imposible. Ni el francés ni el alcaide, ni nadie en la taberna, se
refirió al castigo que pendía sobre Algarrobo.
La señal que esperaba el alcaide llegó al fin.
“El jinete ha reventado dos caballos; pero ha consiguió el indulto”, susurró Dorotea al oído del
alcaide.
La tabernera sacó la bandeja de metal que utilizaba para las grandes ocasiones y dispuso en ella
pestiños, borrachuelos y roscos de anís. El teniente coronel aún no lo sabía; pero el alcaide, Dorotea
y todos los vecinos de Algarrobo celebraban haberse librado de las llamas.