Página 12 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Algunas veces he pensado poner fin a este padecer por mi propia mano. Por supuesto que
sentí el temor natural que caracteriza tal propósito; pero lo que jamás sabré es si no lo pude llevar
a cabo por miedo o por otra causa que no logro imaginar.
Me encontraba una noche borrascosa de relámpagos y cólera divina en un olvidado mesón
de la ciudad de Avila, cuando todo el exasperante tedio de mi peregrina existencia me abrumó con
un peso terrible. Como si no fueran mías, mis manos cargaron y amartillaron la pesada pistola. El
frío del acero sobre la sien me sobresaltó, pero cuando apreté el gatillo con mortal decisión..., no
ocurrió nada. Hice esfuerzos sobrehumanos por disparar, pero todo fue inútil. Tenía el dedo agarro-
tado a inservible sobre el gatillo.
Revisé el arma con cuidado. Estaba en perfectas condiciones: todos sus mecanismos funcio-
naban con absoluta normalidad; pero bastaba que la volviera contra mí para que se convirtiera en
un trozo de acero.
Esa vez lo achaqué al miedo que me paralizaba las manos, pero unos
años más tarde, cuando bordeaba las escarpadas pendientes de la Sierra
Madre, se presentó ante mí un abismo lóbrego e insondable: pensé que
allí encontraría el fin de mis problemas. Me encaminé hacia el dentado
borde sin vacilar, pero cuando me disponía a dar el último paso, una fuerza
invisible y poderosa me retuvo en mi sitio. Luché, grité, blasfemé de Dios
y pedí ayuda al Señor de las Tinieblas..., nada ocurrió, ni el cielo ni el in-
fierno escucharon mi llamado, sólo el viento burlón de la sierra dejaba
oír su aullido entre las rocas.
Recuerdo, hace ya muchos años, ¿Cincuenta, setenta?, ¿tal vez cien o
doscientos? --cuando el tiempo no tiene importancia se tiende a no me-
dirlo--, conocí a una muchacha cerca de Valencia. Era un corazón en pri-
mavera; hasta este bajel errante que tengo en mi pecho y que siempre está
con sus velas al viento, decidió tirar anclas. Y estas piernas que han reco-
rrido tantos y tantos caminos se sintieron de pronto cansadas. Estos ojos
que han visto pasar el eterno río de la vida sin pestañear jamás, decidieron
que era la hora del reposo; porque estas rudas manos que no habían co-
nocido la caricia, quisieron enredarse en la maraña de tu pelo y detenerse
en le brevedad de tu cintura, Carmen, mi inolvidable Carmen. Mujer que
el tiempo ha destruido, pero que en mis sueños se mantiene tan real e in-
tacta como el primer día que te conocí.
¡Y ni siquiera pudiste sospechar por qué huí como un ladrón de nuestro
nido de ilusiones en la noche más negra de todas las noches!
No puede luchar contra la murmuración y el miedo. Tu pelo empezó a cubrirse de plata y
perdiste la agilidad de la cintura --aunque para mí eras la eterna Carmen que había logrado ahe-
rrojar mi alma con lazos insolubles--. Yo no podía detener el temor que asomaba a tus ojos en cada
amanecer, no podía contener la insidia que cercaba a hierro y piedras nuestras vidas. Porque si te
hubiera dicho: "¡Soy inmortal, no puedo envejecer, pero te quiero!", ese temor se habría trocado en
horror, puesto que no hay razón humana capaz de comprender el espanto de la eternidad.
Para no tener la oportunidad de claudicar, ese mismo amanecer de amargura me embarqué
hacia América. Otros buscaban oro y poder, yo sólo me contentaba con distancia y olvido; porque
no podía sospechar, amada mía, que tus ojos estaban incrustados en mi corazón con más fuerzas
que las hiedras. Tampoco sospeché que encontraría tu mirada en el verde Mar de los Sargazos y tu
voz en el murmullo de las olas que baten las doradas playas de Cuba.
El único consuelo que tenía era que yo, como ningún otro, poseía toda la eternidad para el
olvido.
me encaminé
hacia el
dentado
borde sin
vacilar, pero
cuando me
disponía a
dar el
último paso...