Página 13 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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III
Con los incansables soldados españoles recorrí muchos caminos de esa América salvaje que
recién despertaba a nuestro impulso civilizador y cristiano. En el fondo de mi alma se anidaba la es-
peranza de detener mis infortunios en la punta de una lanza o en las garras de un jaguar.
En ese tiempo todavía no sabía si un destino predeterminado o una suerte colosal lograron
impedirlo, pero esa vida llena de peligros me permitió descubrir en mí una nueva facultad que me
llenó de espanto: yo siempre estaba en el lugar exacto para salvar la vida. Siempre daba el paso
necesario para evitar la lanza o la flecha envenenada, del mismo modo que mi espada hacía el
movimiento justo para liquidar a mis adversarios. Cada vez que se aproximaba el peligro, una fuerza
misteriosa me recorría la sangre como un río desbordado. Era esa misma fuerza la que apartaba de
mí a la muerte con el poder de un conjuro.
De mi larga etapa de conquistador mantengo dos recuerdos imborrables de Cortés, porque
una vez creí descubrir mi secreto en su rostro sombrío.
El destino hizo que durante la Noche Triste fuera mi casual compañero de combate. Me pa-
reció que también él estaba estigmatizado por algún sortilegio maravilloso capaz de apartar las rau-
das saetas de los aztecas. Años más tarde comprendí que Cortés estaba marcado por otro terrible
mal: el poder de la ambición. Anhelo que consume con un fuego que no calienta, pero quema.
El otro recuerdo que siempre viene a mi mente es el de aquel sombrío amanecer en las grises
playas de México, en que dejó correr sus ojos de piedra sobre nuestra atemorizada hueste y los sentí
clavarse con fuerza en los míos. Sentí como nunca el temblor premonitorio del peligro.
--¡Venid! --fue su seco mandato.
Nos apartamos del ejército que yacía sumido en el temor hacia ese mundo misterioso, y nos
dirigimos hacia el pequeño promontorio que destacaba su oscuridad en el resplandor lunar de los
arenales.
--¡Sois el hombre para cualquier misión! --dijo con esa voz que
parecía el choque del pedernal sobre el hierro.
--¡Sirvo a Dios y a la Corona! --respondí, y traté de contener la
fiebre espasmódica de mi premonición.
--No --dijo con suavidad--, servís a alguien más poderoso y tan-
gible.
Sentí que los ojos alucinados de Cortés taladraban las sombras
para descubrir mi secreto, pero ni siquiera su fuerza fue capaz de entender
el horror de mi destino.
--Os embarcaréis con algunos elegidos y dirigiréis la destrucción
de las naves --su voz era tan glacial como el viento de la meseta caste-
llana.
--¡Así se hará! --respondí sin vacilar.
--Sabía que no preguntaríais nada --dijo con esa voz de piedra
que helaba el corazón.
Se alejó bruscamente en medio del fulgor de su coraza y el aleteo
de su gran capa negra, y aunque habló muy alto, una ola inoportuna me
ocultó para siempre el enigma de sus últimas palabras: "Los olvidados de
la suerte jamás preguntan" ¨O tal vez dijo: "Los olvidados de la muerte...?”
nos
apartamos
del ejército
que yacía
sumido en el
temor hacia
ese mundo
misterioso...