Página 14 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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IV
Mi vida ha sido una lenta revelación que ha ido mostrando poco a poco sus variadas facetas,
no sólo en un tiempo horriblemente prolongado, sino también en alejados rincones de este mundo
de pesadumbre.
Esa América extraña y hostil exigía cada vez más sacrificios y esfuerzos; por todos los rincones
del Caribe circulaban fantásticas leyendas sobre nuevos descubrimientos, sobre nuevas ciudades fa-
bulosas escondidas entre las selvas impenetrables.
Se hablaba de la ciudad fantástica de El Dorado, cuyos techos de oro relampagueaban desde
muy lejos en el verde esmeralda de la selva. Los indios contaban de calles empedradas en oro y
casas adornadas con piedras preciosas. Pero de todo ese cúmulo de fantasías una me llamaba po-
derosamente la atención; porque tal vez era la respuesta a mi extraño destino: la Fuente de la Eterna
Juventud.
En un lugar absolutamente imprecisable existía una fuente maravillosa. Sus aguas hechizadas
emanaban de una roca blanca como la nieve y luego desaparecían en la tierra oscura de la selva.
La manera de reconocer el lugar era por medio del silencio total que allí reinaba, porque en ese
lugar mágico el tiempo estaba detenido.
Pero lo singular de la fuente era que todo aquel que bebiera sus aguas no sólo recuperaba
la juventud, sino que vivía por toda la eternidad. Más de algún soñador se enroló en la singular
búsqueda por considerar que allí estaría la real fuente de la riqueza.
Yo estuve a punto de participar, pero perdí la oportunidad por imprecisiones en la fecha de
la partida. Pero mi interés era distinto, estaba convencido de que en esas aguas hechizadas podría
hallar la paz que buscaba, porque si a los demás daba la vida eterna; a mí, que ya la tenía podrían
darme el descanso eterno.
Si bien perdí esa oportunidad, la aventura estaba al alcance de todos los días. Entre los sol-
dados españoles se vivía una constante expectativa, y a cada instante se formaban flotas expedicio-
narias que se lanzaban por desconocidos mares con entusiasmo digno de mejor causa.
Yo permanecí durante un tiempo, catorce años, inactivo en La Habana; veía la marejada de
aventureros que llegaban constantemente de España con la bolsa vacía y presta la espada. Me re-
cordaban a los lobos hambrientos que bajaban de las montañas en los fríos inviernos castellanos.
Por esos días oí de una expedición que partía hacia el Perú, pues las riquezas que había acu-
mulado Pizarro se exageraban con la distancia y el tiempo. No me fue difícil participar en ella; ya
poseía una pequeña fama de buen soldado que me esforzaba en ocultar.
Llegamos meses después del sometimiento, a sangre y fuego, del gran Imperio Inca. Una
cultura secular fue barrida por la ambición de España con la misma simplicidad con que una hoja
es arrebatada por el viento. Pero mis intrépidos y barbudos compañeros de armas no estaban hechos
para el descanso.
Por la ciudad empezaron a circular insidiosos rumores de que más al sur, en un legendario
país llamado Chile, el oro se encontraba tirado entre las piedras, y para tenerlo sólo daba el trabajo
de inclinarse a recogerlo. Estos rumores circularon pronto entre nosotros con la fuerza de un río po-
deroso, capaz de arrastrar en la empresa a cualquiera que se sintiera con ánimo para empuñar una
espada o ajustarse la pesada coraza.
Así, un amanecer cualquiera partí con el rudo Almagro tras tan quimérica ilusión. Cuando
iniciamos el ascenso de la gran cordillera sentimos que el corazón se nos empequeñecía en lo pro-
fundo del pecho; pero ninguno vaciló, a pesar de lo menguado de nuestras fuerzas para tan colosal
empresa.
Los primeros indicios de lo imposible empezaron cuando al pie de esas montañas ciclópeas,
que extendían sus abismos desde el mismo fondo del infierno hasta las heladas cimas del cielo, se
nos presentó su oscuro silencio de granito que nos cerraba el paso con sus alturas inmensurables.
Pero los guías indios que nos acompañaban conocían senderos de hormigas entre las cica-
trices de las rocas por donde los intrépidos soldados españoles, aguijoneados por la ambición, se
lanzaron en abierto desafío contra los horrores telúricos de ese mundo desconocido.