Página 15 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Así se inició ese trepar desesperado, entre los alaridos de horror de los que perdían las manos
o las orejas al helárseles por el aire cortante, y las oraciones angustiadas cuando la tierra temblaba
sacudida por espasmos infernales, o los aludes que nos barrían de las laderas con su blanco esco-
bazo de espanto. Pero seguíamos, y dejábamos tras nuestras huellas una estela de cadáveres que
negrísimos pajarracos del tamaño de un hombre se encargarían de devorar.
A pesar de todas las penurias que el destino y la Divina Providencia nos habían deparado,
nuestro triste ejército no menguaba su marcha inflexible de hierro y muerte. Sobre nosotros la mancha
negra y silenciosa de los cóndores de roja mirada nos seguía en macabra fidelidad para recordarnos
con su oscura presencia la falacia de las cosas de esta vida.
Luego de mil trabajos logramos llegar a un hermoso valle de ese país legendario.
No había oro.
Todos nuestros ingentes sacrificios habían sido en vano, y alrededor de las fogatas del ano-
checer, entre los relinchos de los caballos agotados y los gemidos de los enfermos, se levantaron
voces enronquecidas por la ira. Se invocó a Santiago, a Lucifer y a la Virgen María. Nadie quería
aceptar la evidencia de la derrota mientras hurgábamos enloquecidos en la tierra mezquina.
En esos días, debido a las múltiples penurias, casi olvidaba la extraña pesadilla de mi vida.
Me di cuenta de que el único paliativo para la inmortalidad es la acción constante; casi sin saberlo
había encontrado un remedio momentáneo contra el terrible mal de la eternidad.
Traté de convencerme a mí mismo de que también me dominaba la ambición, y llegué a
creer que con el oro encontraría la huidiza felicidad.
Por las noches me atormentaban extraños sueños. No era ese tipo de imágenes de un mundo
externo ya conocido, ni tampoco el resultado de un sueño profundo. Me mantenía en un límite tan
concreto que hasta podía oír lo que ocurría a mi alrededor: soñaba invariablemente con un extraño
paisaje que se mantenía inalterable hasta en sus más mínimos detalles.
Era un breve viaje a través de un bosque sombrío donde imperaba la más absoluta tranqui-
lidad, y todo estaba detenido como en una pintura en la que predominaba el color gris oscuro.
Arriba, muy alto en un cielo nocturno, se distinguían los destellos de las estrellas que acompañaban
a una luna fantasmal, cuya luz grisácea iluminaba un camino blanquecino que se perdía en el ho-
rizonte infinito. De pronto, como salido de la nada, aparecía un pequeño claro de bosque y en su
centro una gran fogata de llamas detenidas que alumbraban un contorno difuso y cambiante.
Ese sueño se repetía sin cesar. Era siempre el mismo, siempre el idéntico bosque circundando
el sendero blanquecino y siempre la misma hoguera detenida. Entre tantas elucubraciones llegué a
pensar que mi vida estaba representada por esa hoguera que ardía sin consumirse..., o tal vez fuese
el fin que la Santa Inquisición otorga a los hombres que se marginan de las sagradas leyes de la
vida.
Esas llamas detenidas eran un verdadero imán que me atraía como a los insectos la luz.
Cuando venía el despertar, invariablemente acudía a mi mente la inexplicable pesadilla, como para
no permitirme el olvido, aunque esos días no eran los más adecuados para dormir. La desilusión se
extendía por nuestro menguado ejército como una mancha de aceite. La esperanza de encontrar
oro se esfumó ante la más cruel realidad: aquel país no sólo era pobre en oro, sino también poseía
una naturaleza hostil y triste que nos corroía el alma como una enfermedad.
Durante las noches algunos nos consolábamos con la oración, otros con soeces juramentos
por la suerte esquiva; pero ya nada podía cambiar nuestra situación y decidimos regresar al Cuzco.
Mientras se ultimaban los preparativos para el retorno, acostumbraba a subir a una pequeña
elevación del valle donde nos encontrábamos, para desde allí mirar hacia el sur. Sentía una suerte
de oculta ansiedad por esa tierra extraña y convulsionada. Me gustaba dejar vagar la vista y la ima-
ginación hacia ese horizonte gris y eternamente cubierto por la niebla. ¿Qué habría detrás? ¿Qué
clase de hombres vivirían allí...? ¡Debía ser el reino de la soledad!
Uno de los indios auxiliares había observado mi notoria atracción por esas tierras sombrías.
Un atardecer, cuando me encontraba sentado en lo alto de una roca y miraba hacia la enigmática
lejanía, lo vi acercarse con ese paso elástico y sostenido que caracteriza a los indios. Se dirigió a mí
en perfecto español.