Página 17 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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V
Cuando el herraje del último caballo estuvo asegurado; nuestro decaído ejército emprendió
la marcha hacia el norte. Si terrible había sido la ida, el regreso nos mostró un nuevo horror.
Atravesábamos el desierto más espantoso que ningún esforzado soldado español hubiese
cruzado jamás. De día un sol agobiante nos acosaba con su aliento volcánico; el agua, que raras
veces encontrábamos, era escasa y salobre. Tampoco era un desierto de arena: estaba cubierto por
grandes rocas que dificultaban aún más la marcha.
Nunca había visto un paisaje tan monótono y regular; hasta donde se extendiera nuestra
vista una inquebrantable uniformidad amarillenta ocupaba todo el espacio. Algunas veces, allá,
lejos, como una amenaza más, divisábamos la siniestra silueta de la gran cordillera que recortaba
su majestuosidad en el azul. De noche, un frío penetrante nos llegaba desde las montañas como un
soplo de muerte y nos entumecíamos por ese viento gélido que nos acuchillaba con su hielo de na-
vaja.
Las primeras noches nos sorprendimos y casi no pudimos dormir al oír sordas explosiones.
Luego descubrimos que las piedras recalentadas durante el día, al estar sometidas a tan violentos
cambios de temperatura, estallaban con un ruido ahogado...; ni siquiera las piedras eran capaces
de resistir.
La estela de cadáveres que íbamos dejando a nuestro paso ya no eran devorados por los
grandes pájaros de la cordillera, porque en ese desierto petrificado no había animales, ni insectos:
nada vivo.
Como en ningún otro lugar de la tierra esa estática inmensidad me pareció un reflejo fiel de
mi propia existencia. Yo era así, tal como esa vasta extensión muda y detenida en el tiempo; yo tam-
bién estaba marcado por el sello indeleble de un tedio colosal.
Casi enloquecí de sed y desesperación, porque si para los otros existía la posibilidad de
echarse a morir entre las rocas, eso para mí estaba absolutamente vedado; si lo hacía, la muerte
no vendría jamás a cerrar mis ojos y me vería sometido a un infierno terrenal, puesto que ni siquiera
ese sol abrasador sería capaz de quitarme definitivamente el sufrimiento; aunque sí era capaz de
hacerme sentir los horrores de los condenados.
Perdimos la noción del tiempo en ese mundo desolado. Ya caminábamos sin detenernos a
ver los muertos, y dejábamos tiradas las armas, cuyo peso insoportable no podíamos sostener. Los
pocos yanaconas que lograron atravesar la cordillera, y muchos de nuestros compañeros de aven-
turas, quedaron como ramas humanas secándose bajo los inflexibles rayos de ese sol agobiador.
Yo sentía envidia de su suerte.
Llegamos a la frontera del Imperio de los Incas ya en el límite de nuestras fuerzas; pero nues-
tros antiguos compañeros nos recibieron con visible desencanto, diría que hasta con cierta indife-
rencia y en otros casos con abierta hostilidad. Sucesos más importantes sacudían a las huestes
españolas.
Poco antes de nuestra llegada, los indios, al mando de Manco Capac II, habían sitiado al
Cuzco y a Lima durante tres meses. El Inca, desde los misteriosos e inaccesibles picachos de Machu
Pichu, había levantado en armas a miles de indios que se dejaban caer subrepticiamente por recón-
ditos senderos montañosos; pero la necesidad de sembrar les impidió continuar el cerco.
Nosotros llegamos al Cuzco poco después de su retirada, el 8 de abril de l587. En ese mismo
instante los dos bandos en pugna, pizarristas y almagristas comenzaron una violenta lucha por el
poder. Yo combatí con poco interés, por lo que luego de la derrota de Almagro no tuve más pro-
blema que el bochorno de haber participado en el bando perdedor.