Página 18 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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VI
Cuando dos años después comenzaron a reclutar soldados para la conquista del misterioso
sur, puse sin dilación mi espada bajo las órdenes de don Pedro de Valdivia. Como soldado experi-
mentado fue recibido con beneplácito por el jefe, quien dejándose llevar por mi consejo se decidió
por la ruta del desierto --no por buena, sino por ser de las dos la menos mala--. Estaba en mi destino
el toparme más de una vez con ese lugar...; yo no podía sospechar el peso que tendría en mi vida.
Valdivia avanzó impetuosamente hacia el sur. A su paso surgió la primera ciudad de ese te-
rritorio olvidado: Nueva Extremadura. Pero la Divina Providencia había dispuesto que los esforzados
españoles se encontraran con un enemigo singular: los araucanos --"los que desprecian la vida",
según el yanacona--, indios notables que sabrían defender con extraordinario tesón sus inhóspitas
soledades.
Cada paso que España daba hacia el sur era regado generosamente con la sangre de nues-
tros soldados. Pero el implacable Valdivia seguía y seguía, tratando de reconstruir con tozudo es-
fuerzo, ciudades sobre las cenizas de las anteriores, y perseguir a los escurridizos mapuches por sus
agrestes selvas montañosas..., para a los pocos instantes vernos sitiados y sorprendidos en continuas
emboscadas que diezmaban nuestras filas en aludes de piedras, flechas y lanzas.
En ese tiempo, en que vivíamos con las armas en la mano de día y de noche, pude comprobar
una vez más la acción del extraordinario prodigio de mi vida; porque salí indemne de tantos y tantos
peligros como para convencerme de que una fuerza sobrenatural guiaba mis pasos. Si hasta llegué
a creer que ese extraño portento fuese obra, no del Mal, sino de la Divina Providencia.
En cierta oportunidad le conté de mi rara facultad a fray Gonzalo, el sacerdote de Nueva Ex-
tremadura. Me miró inquisitivo, como si yo estuviera borracho o demente. Esa fue la mirada más
significativa que alguien jamás me haya dado; fue un campanazo de alerta para subir una vez más
mis barreras defensivas. Luego me fue fácil hacerle creer que estaba ebrio, y aunque la distante
Santa Inquisición había perdido la fuerza de sus garras, preferí no tentar a la suerte. Esa noche,
como nunca, mi sueño de la hoguera detenida cobró mayor fuerza.
Por ese tiempo lanzamos una gran ofensiva contra los aguerridos araucanos, y como otras
veces, no sabíamos si estábamos atacando o nos estaban persiguiendo. Entre esos densos bosques
de pinos nuestra caballería era tan poco efectiva como nuestras armas de fuego. De cualquier lado
salía el lazo silencioso que nos haría caer del caballo, y sabíamos que una vez en tierra estaríamos
inermes en manos de nuestros enemigos, mucho más ágiles y acostumbrados a este tipo de lucha.
La táctica de los indios era agotadora: nos atacaban una y otra vez en sucesivas oleadas.
Cuando un grupo se cansaba del combate otro lo reemplazaba...; nosotros no podíamos hacer lo
mismo.
La gritería de los indios era ensordecedora; girábamos en un remolino macabro de lanzas,
sangre y muerte. Entre la polvareda vi cómo Valdivia era lanzado al suelo, y dos jóvenes araucanos,
con la agilidad de las fieras, se dejaban caer sobre él para inmovilizarlo. Quise acudir en su ayuda,
pero una verdadera maraña de lazos de cuero me aprisionaron simultáneamente desde distintos
ángulos.
Traté de defenderme, pero un tirón salvaje me sacó de la montura y caí estrepitosamente al
suelo. A pesar de estar atontado por el golpe, me defendí con denuedo de mis atacantes y haciendo
un esfuerzo logré ponerme de pie; aunque había perdido la espada, decidí hacerles frente: ¿Cómo
obraría ahora el extraño prodigio de mi vida?
Allí me hallaba, en medio de un gran bosque de pinos en un neblinoso atardecer, desarmado
y oyendo cómo el fragor de la batalla se perdía en la distancia. No supe cuánto tiempo estuve en
esa espera angustiosa, pero sabía que mis enemigos me acechaban entre los arbustos. Me apoyé
en el tronco de un grueso árbol, y me encomendé a Dios y a la Santísima Virgen. Tal vez en esos
instantes me acercara a lo que tanto buscaba.
Tres silenciosos araucanos salieron de la espesura deslizándose sin hacer ruido y sin armas
en las manos --por lo cual pensé que tratarían de cogerme vivo--. Empezaron a rodearme en un
círculo que cada vez se iba estrechando más; yo era el eje de esa rueda macabra. De pronto, los