Página 19 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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tres se abalanzaron sobre mí con un salto felino, y comenzó un silencioso combate donde sólo se
oía mi respiración entrecortada.
Con un esfuerzo titánico logré rechazarlos. Noté el efecto de mis golpes en los rostros im-
perturbables de mis adversarios. El sudor me corría a chorros por el cuerpo, en cambio ellos estaban
como al principio: comprendí que no tenía la menor esperanza. Jugaban conmigo como el gato
con el ratón.
Dos de ellos se sentaron y sólo uno me hizo frente. Era un joven guerrero que se ejercitaba:
una ira sorda me estremeció. El indio, con un salto formidable
cayó sobre mí, lo rodeé con los brazos y en un esfuerzo salvaje empecé a apretar. Sentí los mús-
culos tensos como cuerdas, y crujir los huesos del indio. Con un sordo chasquido le partí el espinazo.
Los dos caímos al suelo. Los ojos sin vida del guerrero miraron muy abiertos su último atardecer.
Me encontraba tan agotado por el esfuerzo realizado que casi no me di cuenta cuando los
dos guerreros me ataron codo con codo. Empezamos una rápida marcha por el bosque en penum-
bras. Cada cierto trecho nuevos indios se unían a la pequeña caravana. Unos pasos delante de mí
oí el inconfundible acento de Valdivia que blasfemaba con ira de su suerte. Dos enemigos lo ayu-
daban, por lo que supuse que estaba herido.
Largo tiempo continuó esa marcha silenciosa entre las sombrías montañas; ya casi no podí-
amos igualar el paso elástico y sostenido de los indios cuando descendimos a un paraje conocido.
Era el mismo de mis sueños.
Como por ensalmo desapareció la fatiga de mis miembros agotados. Nuestra triste comitiva
iba por ese conocido sendero blanquecino que destacaba su polvo pla-
teado entre los altos y oscuros árboles que lo bordeaban. El paisaje, al
igual que en el sueño, era de una sorprendente monotonía: daba la im-
presión de que caminábamos en el mismo sitio. Yo me sentía flotar entre
nubes, sabía que dentro de poco se abriría ante mí una revelación tras-
cendental.
Por algún motivo oculto había experimentado siempre una atrac-
ción inexplicable hacia ese país sombrío y neblinoso. Algo que no podría
precisar me había arrastrado desde la desolada meseta castellana, hacia
esos parajes melancólicos sometidos a continuos espasmos telúricos. Ese
sueño recurrente que ahora se identificaba con la realidad era una espe-
cie de sello final de alguna etapa de mi vida, que de algún modo se des-
cubriría ante mis ojos en esa noche de pesadilla.
Lo esperado con dolorosa intensidad se plasmó ante mí con la
fuerza insoslayable de la realidad. No, no soñaba. Las llamas que se al-
zaban al final del sendero en un claro del bosque eran las mismas que ya
conocía de tantas noches entre las fronteras del sueño y la vigilia. Alguien
dijo que dormir era un estado similar a la muerte; tal vez yo había visto
en él el fin de mis días.
Inevitablemente miré hacia el cielo. Allá, en la altura, estaba la
misma luna grisácea acompañada por idéntica corte de estrellas. Todo
cuanto abarcaba la vista estaba bañado por esa luz fantasmagórica que
hacía más nítidos los contrastes de luz y sombra.
El corazón me latía con fuerza, porque la intuición de que un velo definitivo se descorrería
en unos instantes más, estaba avalada por ese extraño paisaje sueño-realidad.
Cuando mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, como surgido de la nada, se empezaron
a distinguir en la semipenumbra las broncíneas siluetas de los hieráticos araucanos. Estaban en cu-
clillas alrededor del fuego. Muy cerca de éste pude ver la altiva silueta de Valdivia, quien, intensa-
mente pálido, pero con un rictus de desprecio deformándole los labios, miraba orgullosamente a
sus captores. Estos, como de costumbre, no demostraban ninguna emoción, sólo observaban las
llamas con paciencia secular. El rojizo resplandor de las hogueras se reflejaba en esos rostros an-
gulosos que se destacaban en el marco de las negrísimas y largas cabelleras.
por algún
motivo
oculto había
experimenta
do siempre
una
atracción
inexplicable
hacia ese país
sombrío y
neblinoso