Página 20 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Me empujaron violentamente y caí sobre una muelle superficie de agujas de pino. Uno a
uno los principales guerreros tomaron la palabra con tono solemne y voz ronca. Supuse que habla-
ban de nosotros porque cada cierto tiempo nos señalaban. En sus rostros oscuros no había odio;
creí notar en cambio cierto velado respeto, sobre todo cuando se referían a Valdivia. Los que inter-
venían eran los guerreros más altivos y fuertes, evidentemente eran los jefes. Los demás escuchaban
con silenciosa deferencia.
Cuando terminaron de hablar, algunos de ellos se abalanzaron sobre el indefenso Valdivia
con esa agilidad de sombras con que se mueven. Con gran rapidez le quitaron la coraza y le arran-
caron el jubón. Yo no sabía lo que pretendían y el mismo se sintió sorprendido; trató inútilmente de
defenderse. Un indio muy anciano se acercó a él con algo parecido a un cuchillo, no pude darme
cuenta si era de piedra a una especie de concha de molusco afilada.
El anciano se inclinó sobre el torso desnudo de Valdivia y con un rápido y enérgico movi-
miento le incrustó el arma primitiva a la altura del pecho. La invocación de Valdivia fue interrumpida
por un alarido desgarrador, cuando todavía vivo, el anciano metió sus manos de garras en el pecho
y con un violento tirón le arrancó el corazón para mostrarlo palpitante a la luz de la hoguera, mien-
tras la sangre le chorreaba por los codos.
Creo que jamás podré olvidar esa víscera ensangrentada que fue repartida cuidadosamente
entre los jefes más destacados y masticada cruda con la solemnidad de un antiquísimo ritual.
Me quedé paralizado por el horror de mi situación. Entre nuestras tropas circulaba la leyenda
de que los indios comían el corazón de sus enemigos más notables, para adquirir de ellos el valor
y la sabiduría. Una cosa era oír estas historias en las noches de guardia cerca de las fogatas y otra
verlas directamente con los propios ojos. Nunca como en ese instante comprendí la cruel para-
doja de mi vida. Había vivido un tiempo que podría contarse por siglos, para alcanzar una muerte
singular en ese país remoto a manos de esos seres enigmáticos e inconmovibles La esperé con re-
signación. Una fuerza superior selló mis labios a la invocación y la plegaria. Me limité a mirar fija-
mente al anciano siniestro que se acercaba a mí con su curiosa arma enarbolada.
Los que me sujetaban no pudieron reprimir el estupor de sus rostros al ver que me mantenía
tranquilo y sin oponer resistencia.
El viejo se detuvo y me miró fijamente a los ojos; yo le devolví la mirada sin siquiera pestañear,
porque en esos ojos descubrí tanto la mirada pétrea de Cortés como la del viejo que me torturaba
en sueños cuando reconocía en mí el estigma de la inmortalidad. Era exactamente el mismo viejo,
no era posible una equivocación, porque esas facciones angulosas talladas en piedra estaban gra-
badas a fuego en lo más profundo de mi alma.
Nos mirábamos taladrándonos mutuamente con la vista. ¿Qué se ocultaba tras ese rostro
impenetrable? De pronto me pareció que miedo, pero no podía serlo, ¿cómo un hombre derrotado
e inerme podría despertarlo?; o tal vez lástima. Pero mi sorpresa fue mayor cuando el viejo. en su
lenguaje de resonancias selváticas, se dirigió a los indios que me rodeaban, quienes rápidamente
me desataron y ayudaron a poner de pie.
Los rostros de los demás estaban vueltos hacia mí, era una mirada indefinible que me helaba
los huesos. ¿Qué no habría dado por comprender ese lenguaje de ríos torrentosos y vientos hura-
canados!
Una sombra de espanto se escurrió entre los rostros sombríos cuando el anciano de mirada
penetrante les habló. Los que estaban cerca de mí se alejaron algunos pasos sin quitarme la vista
de encima; me sentí como enfermo de algún mal contagioso. Caminé hacia la fogata y ellos se re-
tiraron en silencio, menos el viejo, que permaneció en su lugar.
Un círculo de magia se extendió a nuestro alrededor.
El anciano me traspasó con su mirada de ave de rapiña, y justo en ese instante las llamas de
la fogata se detuvieron: junto con ello un silencio sepulcral se extendió por ese valle de pesadilla.
A nuestro alrededor, el bosque impenetrable, la noche y las lejanas montañas, empezaron a
diluirse en una claridad lechosa muy semejante a la niebla de las ciénagas de México. Todo desa-
pareció en nuestro contorno, no sabía si estábamos en el fondo de un abismo o en la cima de una
montaña, porque en ese instante de asombro quedaron estáticos el tiempo y el espacio.