Página 21 - SENOHI

Versión de HTML Básico

RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
|
21
|
Pensé que para mi extraña existencia estaría deparada una muerte equivalente; tenía muchos
siglos de incertidumbre sobre mis cansados huesos para sentirme asustado por ese nuevo prodigio.
A pesar de todo, cuando sentí la pesada mano del anciano sobre mi hombro, no pude menos
que sobresaltarme: era una mano que parecía estar enfundada en un guante de hierro. Sus ojos
penetrantes me taladraron el cerebro en un mudo signo imperativo, que me hizo volver la cabeza
hacia un lado; allí la niebla fantasmal se arremolinó en una espiral, que en un principio fue lenta y
perezosa, para luego ir tomando más y más fuerza.
Me pareció que estábamos en el vórtice de una gran tromba marina horizontal y silenciosa.
Sentí que mis piernas temblaban; pero un poder mágico que emanaba de la zarpa sarmentosa apo-
yada en mi hombro me infundía el valor necesario para no caer desmayado de espanto ante este
enigma creciente de vapores en torbellino. Seguí con la vista clavada en el eje de la fantástica espiral.
De pronto empezó a agrandarse hasta alcanzar la estatura de un hombre. En el centro de ella estaba
la misma hoguera detenida, con idénticos árboles negros y el mismo claro iluminado por exacta
luna suspendida.
Rápidamente la luna se borró, y en su lugar apareció un gran navío de blancas
velas desplegadas, que navegaba por un mar de esmeraldas relucientes. La visión era de un asom-
broso realismo, aunque plena de extraños matices fosforescentes, hasta parecía que las nubes de-
rivaran al impulso de vientos misteriosos. Otra vez la imagen desapareció; ahora se perfiló
claramente la inconfundible silueta del Peñón de Gibraltar, milenario centinela del Mediterráneo y
puerta de España.
En ese momento, aunque todavía de forma nebulosa, empecé a comprender el sentido del
mensaje, cuando ante mis ojos, ya acostumbrados al asombro, apareció el Palacio de la Alhambra
en todo su majestuoso esplendor. Entendí por fin la idea: tenía que regresar a España. Pero,
¿adónde?, Y, ¿por qué?; como al influjo de mi propio pensamiento tuve la respuesta a mi primera
interrogante:(estaba escrita en las arenas de un desierto la respuesta a la segunda)
porque vi. con toda claridad la entrada de la puerta sur de Sevilla, lugar que había conocido
en mis constantes correrías. A la vera de un sendero estaba un viejo molino abandonado; el tiempo
lo había marcado con indelebles cicatrices; pero su figura inconfundible se me quedaría grabada
con la persistencia de un estigma.
La presión en mi hombro desapareció y junto con ella la imagen y la claridad nebulosa del
vórtice alucinante. En ese claro nocturno sólo existíamos el anciano misterioso y yo; pero ahora entre
nosotros se había gestado una suerte de lazo sutil. Compartíamos un secreto que nadie podría si-
quiera vislumbrar porque sólo nosotros habíamos visto las extrañas imágenes.
El viejo guerrero se acercó y me dio un fuerte abrazo de despedida, se lo correspondí de
igual manera, y aunque separados por la barrera del idioma comprendí que ese extraño personaje
sabía mucho sobre mi angustiada existencia. Aunque ese rostro era una verdadera máscara de pie-
dra, no sé si por una jugarreta de la imaginación, creí ver una sonrisa amistosa en sus agrietados
labios. Lo cierto es que como nunca en me vida me sentí seguro y comprendido.
Con un gesto el viejo se dirigió hacia la oscura masa de indios que estaban acuclillados al-
rededor del fuego. Cuatro fornidos guerreros muy bien armados se levantaron con felina agilidad y
se aproximaron a mí; no experimenté ningún temor porque me sentí fuerte y protegido. Quise decir
algo, pero dándome la espalda, la hierática figura de mi protector se recortaba a la luz de la ho-
guera. Uno de los guías me hizo un gesto y nos hundimos en la oscuridad del bosque.
Avanzamos durante toda la noche por esos bosques húmedos y rumorosos; mis compañeros
sostenían un paso elástico y uniforme que difícilmente lograba mantener, y mis endurecidas piernas
de guerrero vagabundo se negaban a ese esfuerzo sobrehumano. Al amanecer, ya casi en el límite
de mis energías, avistamos las titilantes hogueras de un campamento español.
Llegué a él con paso vacilante y no me costó trabajo fingir que había escapado de los indios
cuando me llevaban prisionero: mi aspecto era tan deplorable que pude convencerlos, aunque los
soldados veteranos se maravillaban del hecho.
En la primera oportunidad regresé a Nueva Extremadura y de ahí a la Patria; y aunque las
perspectivas de recibir una gran encomienda me eran favorables, decidí seguir estrictamente el men-
saje del torbellino nebuloso.