Página 22 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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VII
Un día cualquiera desembarqué en Cádiz y junto con la última ola del atardecer se terminó
mi vida de errante conquistador. Tanto me había acostumbrado al constante sobresalto del aventu-
rero, que el largo viaje desde los límites polares hasta la soleada región mediterránea lo hice en el
mismo estado de modorra aletargada con que los grandes saurios de Yucatán soportan la canícula.
En esos días creí que ya no tenía remedio para la eternidad y el indescifrable mensaje me
parecía a ratos una macabra paradoja. ¿Qué necesidad tuve de recorrer los peligrosos senderos
de esa América inhóspita? Sólo había develado nuevos misterios que en lugar de aquietar mis pre-
ocupaciones las aumentaban más y más. Y ahora me veía exactamente en el mismo punto desde
donde había partido...; y más solo que nunca.
Hice el breve camino hacia Sevilla en el menor tiempo posible, porque a pesar de mis con-
tinuos fracasos la incógnita del molino abandonado me atormentaba constantemente.
Desde que llegué a España pude comprobar que una corriente subterránea conmovía hasta
sus mismas raíces los viejos principios que habían gobernado a mis inquietos compatriotas. El signo
del oro y de la ambición era más poderoso que el signo de la cruz. De los despojos de castillos de-
rruidos, de armaduras herrumbrosas y de crucifijos carcomidos, nacía un hombre diferente, capaz
de lanzarse a las más arriesgadas empresas por la obtención del metal amarillo.
El hombre que esperaba la felicidad en el Más Allá y hacía méritos por medio de piadosos
golpes de pecho, había terminado para siempre, y como nunca abundaban los pícaros y truhanes.
Comparados con los tranquilos y devotos campesinos del pasado remoto, esta nueva gente que
asolaba la tierra parecía mucho más cercana a las puertas del infierno.
Por supuesto que sólo yo me podía dar cuenta de estos cambios. Me maravillaba de que
Dios permitiera este ambiente pecaminoso sin siquiera una mínima demostración de su poder; aun-
que desde hacía mucho tiempo mis convicciones flaqueaban porque empecé a ver la religión de
otro modo: parecía más bien un remedio para desesperados que un camino de salvación.
Era notable comprobar que los pobres seguían iguales que hace siglos. Parecía que por ellos,
como por mí, no pasaba el tiempo: tenían la misma mirada de desesperada angustia, se vestían
con exactos harapos y bajaban la vista con el mismo aspecto servil con que yo los identificaba. Pero
a diferencia de los de antaño pude vislumbrar en ellos, como chispazos apenas disimulados, las lla-
mas de un profundo rencor interior. Un odio indefinido que no tenía salida y que era igual al de
esos volcanes apagados de la salvaje América.
Aquel odio incontenible afloraba en las canciones populares y en los cuentos de camino,
donde los personajes hipócritas y malvados eran invariablemente nobles o ricos. También esta re-
beldía solapada se notaba en las historias de bandidos: si la víctima era de alcurnia o rica, se con-
sideraba al malhechor como a un héroe.
Nuevos vientos corrían por España, pero sólo podía captarlos alguien que como yo hubiese
recorrido tantos polvorientos caminos paso a paso y bebido en las mismas fuentes de los pastores,
estudiantes vagabundos y escuderos sin blanca.
El día que me dirigí al molino era uno de esos amaneceres deslumbrantes de principio de ve-
rano. Hice el corto tramo desde la ciudad completamente solo porque no era la ruta principal. Unos
años atrás habían abierto un nuevo puente sobre el Guadalquivir, que dejó sin uso el viejo camino
de los moros. Ahora sólo los gitanos y bandidos lo transitaban, tal vez por estar abandonado tanto
por los viajeros como por la Santa Hermandad.
Al llegar al recodo que está antes de la hondonada del viejo molino me senté bajo las ramas
de un olmo centenario, y aunque tenía el espíritu endurecido por mil batallas y mil enigmas, y ya lo
sobrenatural me había mostrado muchas veces sus laberínticas facetas, sentí en esos instantes que
un cansancio de siglos me aplastaba contra el suelo, porque luego del recodo me enfrentaría con
algo que se asemejaba mucho a una meta: el final de una búsqueda que se me había planteado
en la visión alucinante de un torbellino infernal.
Me encaminé a la sombría construcción con la mano fuertemente asida a la empuñadura de
la espada. El miedo me hacía temblar las piernas, pero el espasmo premonitorio del peligro no apa-