Página 23 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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reció. A cada paso que daba me sorprendía por la minuciosa fidelidad entre la visión del torbellino
y la realidad.
Antaño ese molino funcionó con las aguas de arroyuelo que en la actualidad estaba casi
seco; ya las aspas estaban destruidas por los rigores de muchos inviernos y la parte superior no exis-
tía, sólo mostraba, en cambio, sus quebrantadas aristas. A pesar de las inexorables señales que el
tiempo había marcado en la adusta fachada, todavía el vetusto edificio levantaba orgulloso sus pie-
dras grises.
Franqueé el quicio; la puerta yacía a un costado casi cubierta por el polvo y las hierbas sil-
vestres. Sólo la ennegrecida chimenea era utilizable, porque los restos de la mesa únicamente ser-
virían como leña. La primera planta era acogedora, aunque las ventanas necesitasen con urgencia
recios postigos.
Lo demás era decepcionante. Si mi ánimo estaba preparado para algo espectacular, el interior
del semiderruido molino era tan vulgar como cualquier construcción abandonada. Flotaba en el
ambiente un aire de soledad y silencio que de inmediato cautivó mi espíritu, ya cansado de tantos
mares, ríos y horizontes infinitos. De pronto me pareció que ese molino olvidado por los hombres,
pero recordado por el sortilegio del enigmático brujo del País de las Brumas, guardaba para mí el
bálsamo de la paz interior.
Sin pensarlo dos veces decidí instalarme en él; poseía una pequeña fortuna que me permitiría
vivir sin contratiempos, y como todavía era temprano regresé de inmediato a la ciudad. Una vez allí
compré un burro, instrumentos para trabajar la madera y la tierra, algunas aves de corral y semillas.
Hasta un perro vagabundo que me juró eterna lealtad a cambio de unas caricias, incrementó mi
humilde caravana.
El arreglo del viejo molino ocupó gran parte de mi tiempo: hice una mesa, una silla y un ca-
mastro. Tal vez por costumbre labré una sencilla cruz de roble y para las aves trencé dos grandes
cobijos de juncos. A unos pasos de mi morada erigí una pequeña dehesa donde alojé algunas
ovejas que compré a un pastor trashumante casi por nada.
Así, sencillamente y sin darme cuenta, empecé una vida de tranquilidad y sosiego, donde los
días, las estaciones y los años se amalgamaban con la infatigable regularidad de las olas del mar.
Me gané entre los supersticiosos y escasos pastores de la comarca una justa fama de ermitaño
o de loco, que lo mismo me daba, porque a esas alturas de mi vida ya había generado una coraza
de olvido e indiferencia que me protegía de la desilusión. Descubrí la vida que sólo les está permitido
conocer a los que siguen los recónditos caminos de la soledad.
Pero ese mundo de los sueños que se realizaban de un modo laberíntico empezó a tomar
una nueva forma; esta vez tenía el sonido de rasgueos de guitarras y humos de campamentos. Era
una pesadilla de partes inconexas de la cual no podía vislumbrar el conjunto, porque había en ella
tanto trote de caballos como bamboleos de carretas y repicar de castañuelas.
Tal vez por eso sentía una especial predilección por las tribus de gitanos que cada cierto
tiempo acampaban en un claro del bosque cercano al molino. Yo me limitaba a verlos con atención,
pero jamás me acerqué a ellos. El ancestral temor a estas tribus errantes que recorrían el mundo
como pájaros viajeros, me hacía guardar respetuosa distancia. También ellos mantenían un límite
de proximidad; un solitario como yo no deja de inspirar cierto temor reverencial a los espíritus gre-
garios.
Vivía sumido en una suerte de letargo de tiempo, sólo medible por la muerte del asno y del
perro, y uno que otro invierno más crudo, o la herrumbre que empezaba a carcomer el brillo de mi
espada de viejo conquistador.
Un atardecer. No, no fue un atardecer cualquiera, fue El Atardecer: el más singular de todos
los que he vivido. En ese crepúsculo violáceo llegó a mis ocultos dominios una pequeña tribu de gi-
tanos. Se aproximaron junto con las sombras de la noche que ya extendía su manto gris por las ro-
cosas hondonadas. Desde el primer momento me llamaron la atención puesto que eran silenciosos
como los bosques en invierno.
La totalidad de las tribus que acampaban en la región iban precedidas por un gran bullicio,
donde se mezclaban el relincho de los caballos, los ladridos de los perros y el rechinar de las carretas