Página 24 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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junto a los gritos de los hombres y los niños. Esta, en cambio, avanzaba en medio de un silencio
que helaba la sangre.
Luego que acamparon, el único sonido que señaló su presencia fue el rasguear de una gui-
tarra solitaria que con sus sones melancólicos y graves me arrancó de mi camastro y me hizo temblar
de excitación, porque eran los mismos de mis sueños, las mismas vibraciones de profunda tristeza,
un sentimiento nostálgico que convertía cada sonido en un lamento. Sus notas tenían la cadencia
solemne de las olas del mar. No había duda, era la misma música.
Esperé en vela hasta el amanecer y mucho después que la guitarra silenciara su voz, yo seguía
escuchando sus notas alucinantes. Cuando la claridad lechosa del amanecer empezó a inundar la
pequeña hondonada, me dirigí con paso resuelto hasta el bosquecillo de pinos que circundaba el
claro de los gitanos. El campamento estaba totalmente quieto, sólo la humareda soñolienta de las
fogatas indicaba la presencia de la vida.
Hasta en los más mínimos detalles se asemejaba a tantas tribus que
habían acampado en ese lugar; pero algo me decía que no era como las
demás. Sí, algunos detalles singulares saltaban a la vista luego de una ob-
servación minuciosa. Las carretas no estaban pintadas con colores llama-
tivos y tampoco había centinelas.
Como ya el sol despuntaba entre los árboles, decidí volver a mi refugio
de piedra; justo en ese instante los gitanos empezaron a salir de sus ca-
rromatos. Verlos fue decepcionante; eran iguales a cientos de gitanos va-
gabundos que había visto en mi vida.
Sin pensarlo más retorné el viejo molino para emprender mis rutinarias
tareas domésticas; pero había algo que no encajaba, algún detalle curioso
estaba oculto en lo profundo de mi mente sin permitirme pensar en otra
cosa que en esos gitanos soñolientos que habían salido desperezándose
de sus oscuros carromatos.
De tanto pensar en ellos, y casi sin darme cuenta, tuve un extraño pre-
sentimiento: una inquietante sospecha. Algo dentro de mí hacía repicar
una campana de alarma que me anunciaba una revelación sin perfilarse
aún, que se iba, se diluía y retornaba. Me decidí a comprobarla y regresé
corriendo hacia el bosquecillo: las ramas me golpeaban con fuerza, pero
casi no las sentía debido a la imperiosa necesidad de salir de una vez por
todas de la incertidumbre.
Me agazapé entre las malezas y volví a atisbar a los gitanos que efec-
tuaban las tareas rutinarias del campamento: limpiar los caballos, darles
de comer, hacer artesanías. Con el corazón palpitante comprobé que mi fugaz impresión se confir-
maba en cada uno de ellos con absoluta regularidad.
Los había de ambos sexos y todos, entiéndase bien, todos tenían la misma edad. No había
niños ni viejos, y sus edades fluctuaban entre veinticinco y treinta años, exactamente los que yo apa-
rentaba. Anonadado me recosté entre los arbustos. De un modo muy singular se cumplía la visión
del viejo araucano. Esos gitanos eran idénticos a mí, no sólo por la edad. Todos eran altos y fuertes
y estaban marcados por un sutil aire de soledad.
Volví a atisbar entre las ramas y, ¡oh prodigio!, me percaté de que no se hablaban, parecían
mudos. Largo rato permanecí observándolos y jamás se dirigieron la palabra. Yo me encontraba en
un alto grado de excitación, porque dentro de mí había una feroz pugna entre el deseo imperioso
de acercarme a ellos y un temor animal que me quitaba el movimiento.
De pronto, a una orden tácita, todos los gitanos se acercaron al centro del campamento en
absoluto silencio y se congregaron alrededor de la fogata que aún ardía. Una vez allí, se quedaron
detenidos con los ojos entrecerrados y tensas las facciones como si escucharan. Me pareció sentir
que unos dedos intangibles palpaban en lo más profundo de mi mente.
Por unos instantes creí que presenciaría algún extraño rito de esos misteriosos vagabundos,
pero su éxtasis duró sólo un momento.
me agazapé
entre las
malezas y
volví a
atisbar a los
gitanos que
efectuaban
las tareas
rutinarias