Página 25 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Luego, justo frente al lugar donde me encontraba, el gran círculo humano empezó a
abrirse...; me quedé paralizado de espanto: todos ellos miraban con la vista clavada en las malezas
donde me hallaba oculto. Era imposible, no podían verme; pero esos ojos eran saetas que atrave-
saban el espeso ramaje hasta mi escondite.
Por unos instantes pensé huir, pero una fuerza irresistible me hizo levantar y caminar con
pasos vacilantes hacia los gitanos silenciosos.
A cada paso que daba me sentía más seguro, tenía la extraña sensación de entrar en un re-
manso de paz. Lo intuía, no con palabras, sino con una especie de mensaje interior que me tran-
quilizó. Uno de ellos se acercó y me puso una mano sobre el hombro. De pronto me recordó la
zarpa del viejo guerrero, pero había en ésta una suave cordialidad que en la del viejo no descubrí.
Se rompió el sortilegio del instante y cada uno continuó sus tareas suspendidas. Yo me puse
a reparar el eje de una carreta, lo hice natural y sencillamente, como si los conociera de muchos
años. Por unos instantes sentí algo parecido a la felicidad. Supe con certeza, aunque no pude expli-
carlo, que me hallaba entre los míos y que compartíamos un secreto común: un terrible destino del
que ninguno sospechaba el desenlace.
Esa noche dormí en uno de los carromatos y cuando a la mañana siguiente nos dispusimos
para la partida emprendí el camino junto con ellos sin volver la cabeza ni preguntar a dónde íba-
mos.
Poco a poco empecé a sentir el misterioso impulso de una fuerza colectiva que nos unía y
hermanaba como los dedos de las manos.
La vida de los gitanos es más peligrosa de lo que parece y nosotros no estábamos exentos
de la acerba desconfianza y el temor de la gente. Muchas veces fuimos perseguidos por los fanáticos
religiosos que veían en nosotros a los hijos de Satanás. Tratábamos de no mostrar nuestras extraor-
dinarias facultades, temíamos que a la vista de un hecho insólito precipitaran sobre nosotros su odio
a lo desconocido y nos destruyeran.
A cambio de nuestras peripecias teníamos la inapreciable libertad y una sólida y fraterna
amistad que nos hacía cerrar filas el venos en peligro.
En ese largo peregrinar por Europa siempre convulsionada, se nos fueron uniendo distintos
camaradas de incertidumbre, que llegaban a nosotros con el mismo estigma de desconcierto y zo-
zobra marcada en los rostros de edad invariable; en un principio vacilaban y desconfiaban debido
al peso de la soledad, pero pronto se integraban a nuestra pequeña tribu.
Entre nosotros no había jefes, las distintas actividades se cumplían tácitamente sin que nadie
discrepara. La única apremiante necesidad era proseguir esa marcha inexorable hacia los confines
del mundo. Después de atravesar el impetuoso Danubio, la pesadilla recurrente de mis noches
volvió con otra extraña visión, sueño compartido por todos nosotros: era un gran desierto amarillo
donde un sol furibundo se confundía con las dunas ardorosas en una amalgama de alientos volcá-
nicos reunidos por Satanás. Allá lejos, sobre la superficie candente, se distinguía una nube de un
blanco neblinoso, igual a la conocida en los húmedos bosques australes.
Fue una larga y penosa travesía; desde el paso del Danubio no se nos unieron otros compa-
ñeros, y a partir de allí nuestra marcha fue mucho más rápida. Atravesamos incontables ríos y esca-
lamos montañas con la inflexible tenacidad de un llamado ancestral que nos ordenaba marchar
hacia el este con ímpetus siempre renovados.
No podría precisar el tiempo que duró nuestra alucinante travesía. Sólo han quedado en mi
mente los hitos de esa marcha titánica, jalonada por las dificultades de los grandes desfiladeros que
nos cerraban el paso, o por las luchas encarnizadas contra los lobos hambrientos que más de una
vez nos asaltaron en las noches de invierno.
Parecía que nos acercábamos a los confines del mundo, y cada vez se notaba menos la pre-
sencia humana y más la salvaje en su dominio indiscutible de esas vastas soledades.
Un día cualquiera llegamos a los límites del universo. A simple vista se notaba que estábamos
en las fronteras que separan a la vida de la muerte. Frente a nosotros extendía su silenciosa soledad
el desierto más aterrador que jamás vieran ojos humanos. Nos pareció estar al borde del sol porque
las doradas arenas hervían como los calderos del infierno.