Página 26 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Sin vacilar un instante penetramos en ellas, luego de liberar a nuestros caballos y abandonar
las carretas. Ya no nos importaba el calor ni nos aterraba la ilimitada amplitud. Continuamos im-
pertérritos hacia el centro de aquel sol terrestre que nos llamaba con el grito mudo y apremiante
que nos había guiado con rigor implacable a través del mundo.
Cuando a nuestro alrededor sólo había soledad y arenas reverberantes, sentimos como nunca
nuestra infinita pequeñez: una auténtica humildad ante los enigmas de la vida, ante esas incógnitas
que nos habían arrastrado por despeñaderos de pesadilla, por ríos rumorosos y bosques ancestrales
de leyendas olvidadas.
Ahora nos hallábamos caminando por esas arenas doradas, justo hacia el centro de la muerte
en una perfecta fila que se perdía entre los destellos del sol.
Lo que esperaba no tardó en producirse. Allá, en las fronteras del horizonte, empezó a for-
marse una nube increíble; parecía que jirones de brisas sobrenaturales se reunieran en un vasto re-
molino neblinoso donde la realidad se difuminaba entre los tenues vapores de un sueño que se
hacía realidad ante nuestros ojos.
Ya los primeros entraban en el túnel fantasmal y a nuestro alrededor el mundo desaparecía
en el vértigo giratorio e infinito de una espiral que cada vez se hacía más concreta hasta convertirse
en un muro de grises iridiscencias.
A medida que nuestro asombrado grupo se adentraba en ese túnel de incógnitas, sin poder
vislumbrar el final y por el que nos obligaba a transitar una fuerza irresistible con el impulso de un
conjuro, nos pareció que cada paso y cada instante estaban detenidos en esa pared vertiginosa que
nos rodeaba.
De forma inexplicable empezaron a fluir en nuestras mentes asombradas las respuestas de
muchas incógnitas.
Supimos que por un azar del destino habíamos naufragado en un remotísimo futuro. Como un
chispazo nos vino el recuerdo de la nave Antares, que por un error de cálculo se desplazó más allá
del hiperespacio y había irrumpido en la época medieval dejando desperdigados por Europa a todo
un grupo de niños que regresábamos a la Tierra luego de una visita a nuestros padres que coloni-
zaban el sistema Vega.
Como el lento fluir de la marea nos vino a la mente el tremendo esfuerzo que debió desplegar
la ciencia del siglo XXXIX para protegernos de los múltiples peligros de esa época tormentosa y de
los extraordinarios poderes que recibimos para sobrevivir.
Por primera vez en nuestra larga y torturada existencia sentíamos una suerte de balsámica
tranquilidad.
En sutiles oleadas nos llegaba a la mente la existencia de un mundo totalmente diferente al
que ya conocíamos. Cada paso que dábamos en ese túnel de tiempo transcurrido nos movía a
través de los siglos futuros hacia un mundo en que la Humanidad se había encontrado a sí misma.
Nuestro mundo.
Muchas ideas que recibíamos en ese momento las habríamos de comprender más tarde,
porque en ese instante de asombro no estábamos preparados para ello.
¿Cómo entender una época en que los viajes por el espacio infinito eran el quehacer coti-
diano de un hombre que no se cansaba de indagar los secretos del Universo? ¿Cómo entender una
época en que no existían naciones ni diferencias entre los hombres?
Sólo seres como aquellos eran capaces de realizar esfuerzos inauditos a través del tiempo
para rescatar a un grupo de coetáneos perdidos en el pasado profundo.
Nunca como en ese instante pude valorar la verdadera grandeza del hombre, tal vez sólo
nosotros podríamos comprender cabalmente la magnitud de ese lento romper de cadenas, de ese
tesón por levantarse de la tierra primigenia para conquistar las estrellas. Nosotros éramos hijos de
esos hombres y volvíamos a nuestro tiempo exacto para no regresar jamás.