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lIgEro DE EquIpajE
UN RELATO DE
Tomás Gismera Velasco
Barcelona, 22 de enero de 1939
L
a última noche, como las anteriores, el ulular de las alarmas antiaéreas se dejó escuchar prece-
diendo al vuelo rasante de la aviación. Después se sintió el silbido de las bombas precediendo a la
explosión. Las ráfagas luminosas buscando el objetivo de los cañones antiaéreos escudriñaron el
espacio y, conforme las sombras se fueron retirando, llegó por fin el silencio.
Las calles todavía lo guardaban cuando el doctor Puche, Director General de Sanidad, atravesó Barcelona
en coche, evitando las barricadas levantadas con los adoquines y sin que nadie le molestase.
Quienes lo podían hacer trataban de descansar antes de que nuevamente la aviación alemana volviese a
sus operaciones de castigo. Quienes padecieron la visita de la muerte en la familia la lloraban en silencio.
Entonces Puche todavía no tenía la certeza, aunque todo indicaba que esa misma noche quedó roto el
frente de guerra, el avance de las tropas franquistas resultaba inevitable y el Gobierno republicano había
dado orden a todos los organismos oficiales de abandonar Barcelona. De la confusión que todo ello generó
se daría cuenta a lo largo de la mañana, cuando todo el mundo, al mismo tiempo, trataba de ponerse a
salvo.
Puche llegó sin contratiempos ante las puertas de la Torre del Castañer, el genial palacete levantado al ca-
pricho de la duquesa de Moragas en el paseo de San Gervasi, con Barcelona a sus pies.
Ultimamente el jardín se encontraba algo descuidado; prácticamente desde que comenzó la guerra y por
allí dejaron de aparecer los jardineros. A pesar de ello mantenía la elegante mezcla entre lo barroco y lo in-
glés, con las palmeras extendiendo sus manos en busca de la luz por encima de los tilos.
La casa fue un hermoso lugar de grandes y rasgados ventanales que a través de artísticas vidrieras trans-
mitían al interior, también frío y desapacible, la claridad de la luz del Mediterráneo estampándose contra las
grandes y doradas cornucopias de los salones o reflejándose ampliada a través de los espejos. A pesar de
la incautación, todo fue respetado.
Al sentir el sonido del vehículo a las puertas fue José Machado Ruiz quien enfundado en su gabán corrió
a la entrada para llegar a ella en el momento en el que el doctor Puche descendía del auto. La expresión de
su cara, aún sin necesidad de hablar lo decía todo. Ambos, tras estrecharse las manos, pasaron al interior,
tan descuidado como los jardines a pesar de los vanos intentos de su mujer, Matea Monedero, por imponer
un orden imposible para un espacio en el que dos manos difícilmente podían hacer nada contra el batallón
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