Página 30 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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constante del polvo y los ejércitos de la carcoma y del abandono en un espacio tan inmenso para
ellos, la lucha de todos los días.
Apenas había diferencia de temperatura entre el exterior y el interior. La calefacción de la casa
nunca funcionó y las grandes chimeneas de los salones ya no tenían apenas de qué alimentarse.
Matea terminaba de arreglar un sucedáneo de café y en aquellos momentos trataba de abrir
un bote de leche condensada que el propio Puche se encargó de hacerles llegar un par de días
antes, para preparar los desayunos de Antonio y de mamá Ana.
Doña Ana Ruiz, en su semiinconsciencia, se encontraba acostada como se mantendría a lo
largo del día y lo venía haciendo desde los anteriores. Sus muchos años y estado de salud apenas
la permitían dar dos o tres pasos seguidos cuando entre José y Matea la mantenían en pie. Además,
en la cama, bajo las mantas, su cuerpo se encontraba medianamente abrigado. Antonio no había
salido de su estudio, seguramente estaría trabajando, como siempre. Releyendo el Quijote o alguna
de las que consideraba sus obras favoritas, de las que escribiesen Dickens, Tolstoi, Shakespeare,
Rubén Darío… El doctor Puche pasó los últimos días hilvanando detalles para poderlos sacar de
Barcelona, siguiendo las instrucciones recibidas, antes de que la ciudad fuese tomada y, en esa su-
cesión de venganzas que acompaña las derrotas, como ya venía ocurriendo con otras destacadas
personalidades, Antonio y los suyos terminasen delante de un pelotón de ejecución, a pesar de que
no podían acusarlos de otra cosa más que de oposición al régimen, o de soñar con una España en
libertad. Suficiente en aquellos días para morir.
A Puche le comunicaron que permanecer allí resultaba peligroso tras la ocupación de Tortosa y
Tarragona; incluso el Gobierno de la República estaba a punto de trasladarse a Figueras, y al Pre-
sidente, don Manuel Azaña, se le buscaba igualmente una salida lo más airosa posible a un lugar
cercano desde el que poder mantener la esperanza del retorno.
Cuando trató de preparar la documentación en el consulado francés la tarde anterior, le aten-
dieron de mala manera. A él acudió en busca de los visados y eran demasiados quienes como Puche
acudían en busca de lo mismo. De nada le hubiese servido hacer valer su cargo en una República
que ya lo tenía todo perdido, hasta la esperanza, a pesar de que la prensa llamase a la resistencia
y tratase de transmitir unos ánimos que pocos sentían.
El encargado de negocios fue demasiado claro. Las órdenes llegaban dictadas desde arriba,
desde los lejanos e insensibles despachos oficiales de París, y afectaban a todos por igual, se tratase
de quien se tratase. Los vencidos son siempre vencidos.
-Lo más práctico es que ustedes se dirijan directamente a la frontera y una vez allí traten de con-
seguir la documentación necesaria de la forma que les sea posible. Desde aquí nada podemos
hacer.
En realidad únicamente había una forma de conseguir los documentos y pasar la frontera sin
mayores problemas, el soborno de los funcionarios. Medio mundo tratando de aprovecharse de las
desgracias del otro medio.
La respuesta, así como la insinuación, no fue de su agrado. Aunque hubo de admitir que la si-
tuación, incluso dentro del consulado, resultaba harto caótica en unos momentos como aquellos.
Decidió actuar por su cuenta haciendo valer su cargo dentro de la Generalitat.
Allí no le pusieron pegas, tampoco en los distintos departamentos a los que se dirigió con in-
tención de conseguir media docena de vehículos. Después de todo se imponía el deseo de eliminar
todo lo que pudiera servir a un enemigo que ya se encontraba agazapado a la puerta, esperando
el momento de caer sobre la presa y devorarla sin compasión.
A José lo tenía al tanto de sus intenciones desde días atrás, desde que las tropas fascistas avan-
zaron hacía Cataluña poco antes de la Navidad del 38. Matea también lo conocía, a pesar de que
cuando se lo insinuaron a Antonio, buscando el momento más propicio, a éste no le agradó la idea
de abandonar España como tantos otros en su misma situación habían venido haciendo los últimos
meses. Si todos se marchaban, ¿quién alzaría la voz por quienes quedasen?
-Cuando pienso en el destierro, en otra tierra que no sea la atormentada de España, mi corazón
se turba en pesadumbre. Tengo la certeza de que salir al extranjero sería para mí la muerte. Necesito
respirar el aire de España.