Página 31 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Se lo confió a José mirando al mar. Después de guardar un paciente silencio, escuchando las
razones de Matea.
Con palabras semejantes se despidió en Valencia del poeta y de su poesía, de Pascual Plá Bel-
trán, cuando Pascual le insinuó por vez primera que lo mejor, dadas las circunstancias, sería el exilio,
y Pascual Plá le contó cómo su hermano Manuel se pasó a Burgos, el exilio de los vencedores; aun-
que aquello ya lo conocía, como todo el mundo, e incluso en el cuartel del general Franco se trató
de dar publicidad a la noticia de la presumible ruptura familiar entre los hermanos Machado a quie-
nes las ideas políticas parecían separar de manera irreversible y para siempre. El reflejo de lo que
sucedía con la propia España. A Antonio le dolió conocer la decisión de Manuel, aunque la respe-
taba.
Efectivamente, Antonio, embutido en su abrigo a causa del frío se hallaba en su estudio traba-
jando en el último libro de versos. Los que ideó desde la llegada a Barcelona, dedicados a su siempre
soñada Guiomar. Como si ella, a través de la distancia del sueño imposible, fuese bastante para
evadirle de una situación que comenzaba a resultar angustiosa.
Se le notaba cansado. No hacía falta preguntarle para saber que durmió poco y mal, para no
perder la costumbre de los últimos tiempos.
Hasta bien avanzada la noche, a pesar del desfile tenebroso de la aviación, estuvo encendida
la vela de su cuarto, arrancando sombras lo mismo que lo trataba de hacer el hilo de la luz eléctrica
en su permanente ir y volver.
Cuando José salió a echar la cancela de la entrada miró y vio oscilar la luz de las velas. No
podía explicarse como su hermano podía trabajar entre tinieblas; ni cómo podía permanecer des-
pierto hasta tan altas horas de la noche, sin dormir apenas durante el día.
Con el pasar de los años Antonio perdió la costumbre de meter la cabeza bajo el agua y estar
media hora sintiendo la frialdad del chorro corriendo por su cogote, hasta espabilarse para ganarle
horas al día. Además el doctor Puche se lo prohibió a causa de la esclerosis, que fue aumentando
a cuenta de permanecer tanto tiempo inclinado sobre la mesa de trabajo. Como amigo, más que
como médico personal, le concedía algunas transgresiones: encender un cigarrillo de vez en cuando,
beber agua helada, escribir sin descanso, soñar despierto con un mundo y España justos y libres…
-Cuando uno está viejo es cuando más ganas le entran de trabajar, porque se acaba el tiempo
y es preciso dejarlo todo hecho. Los viejos tenemos que trabajar más que los jóvenes ¡qué demonio!
Ya estoy pensando en mis próximos libros sin concluir el presente, y usted imponiendo límites a mis
ganas de hacerlo.
La queja no le sirvió de mucho. Puche insistió en su dictamen:
-No obstante debe usted moderarse Antonio, el abuso resulta negativo para todo, las cosas se
deben hacer con medida.
Al doctor Puche, a pesar de todo, le agradaba aquella recobrada vitalidad juvenil nunca perdida,
aunque no por ello le ocultase la gravedad de su estado que aun conociéndolo, el mismo Antonio
lo trataba de ocultar. La aparente vitalidad no era más que una manera, como otra cualquiera, con
la que evadirse de pensar en un previsible final.
-Puñeta con el mal, como si no hubiese cosa más interesante en la que derrochar el tiempo.
Fue la última queja, cuando le comunicó que debía contenerse con el tabaco. Sus pulmones
comenzaban a rendirse al exceso de los años pasados. Antonio había sido un fumador empedernido
y lo continuaba siendo a pesar de la escasez y las prohibiciones. En ocasiones José o Matea no po-
dían explicarse de dónde sacaba el tabaco, pues nunca le parecía faltar, saliese o no del cuarto.
Llegaron a la conclusión, y estaban en lo cierto, de que las cajetillas de tabaco entraban en la casa
a escondidas, con quienes lo venían a visitar y se compadecían del hombre, más que de su enfer-
medad.
En el cuarto olía a humo. José, a la mirada de Puche se encogió de hombros, dando por sentado
la dificultad de hacerlo razonar.
-Ha llegado el momento Antonio, nos tenemos que marchar.
Le tocó decirlo a José.