Página 32 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Aquella mirada severa de su hermano la vio en otras ocasiones. En ésta tenía un aquél distinto.
Mala suerte, siempre era al pobre de José a quien tocaba comunicar las malas nuevas. De Ma-
drid a Valencia, de Valencia a Rocafort, de aquí a Barcelona, y ahora el naufragio del angustioso
exilio en busca de lo desconocido, porque a pesar de que la dirección sería Francia, el destino final
estaba por decidir.
Antonio les miró con los ojos acuosos y el gesto arrugado de los últimos meses, después se
dirigió hacía el ventanal. El mar se encontraba embravecido. Las aguas formando espumarajos a lo
lejos, y el cielo se encendía hasta donde se perdía la mirada con vuelo de gaviotas bulliciosas.
-¿Ahora mismo? -Preguntó Antonio un tanto sorprendido ante la premura.
-Con el atardecer -fue la triste respuesta de Puche-, no podemos esperar a más, mañana puede
que ya sea tarde.
Siguieron unos interminables segundos de silencio. Buena señal. De no admitirlo se hubiese re-
vuelto en el mismo instante de escucharlo. No dejó de mirar a través de los cristales.
-Entonces nos queda mucho tiempo hasta el atardecer.
Puche hizo un gesto a José y ambos lo dejaron a solas. Mejor así, que Antonio recapacitase y
no hiciera preguntas difíciles de responder.
Cerraron la puerta tras de ellos y cuando el poeta sintió que sus pasos se perdían escaleras
abajo, se dio la vuelta hacía el cajón de la mesita de noche, donde todavía conservaba una cajetilla
de cigarrillos franceses, de cuando por Navidad lo vino a visitar Ilya Erhenburg y se los trajo con
unos paquetes de café, un ramillete con sus últimos poemas y las noticias de lo que estaba acae-
ciendo algo más allá de Barcelona. Las coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, que
Antonio recitó esa tarde a Ilya Erhenburg, parecían permanecer estáticas e inalterables en el ambiente
helado de la torre. También sus últimas palabras:
-Todo consiste en cómo morir. Hay que saber reír, escribir buenos versos, llevar una buena vida
y, ante todo, tener una buena muerte.
Antonio Machado reservaba esa cajetilla para una ocasión especial y ésta, dolorosamente, lo
era. La abrió y extrajo de ella un pitillo, encendió el cigarro y comenzó a fumar. Al momento le en-
traron las toses pero continuó con el cigarro encendido, mirando al mar. Sin darse cuenta de que el
coche en el que Puche había llegado se deslizaba por el paseo, bajo los tilos, buscando la salida.
A José y a Matea los puso en el conocimiento de que no saldrían solos de Barcelona, de que
ante el peligro inminente consiguió toda una flota de vehículos para que abandonasen Barcelona,
ellos y una docena de intelectuales más. Las autoridades de la República, las que quedaban, estaban
detrás.
Cuando Puche se marchó a Matea le entraron las apreturas, pues el doctor advirtió que era
poco el equipaje que se podía llevar.
-Lo puesto y poco más, ante todo ropa de abrigo, es más que previsible que sean días de frío
los que vengan, y el paso de la frontera ha de tener complicaciones. Y se advierte de que la nieve…
El olor del mar entró de sopetón en el desangelado palacete. Un olor agradable y conocido
que tanto gustó siempre disfrutar a Antonio.
En la despedida de Puche lo vieron asomado a la ventana de su estudio saludando, sosteniendo
el cigarrillo con la mano derecha en el momento en el que Puche ponía el vehículo en marcha.
Como si con aquel gesto quisiera dar a entender que a él, al poeta de Castilla, no lo doblegaba
nadie, ni siquiera el lento agonizar de sus pulmones.
-Debiera dejar de fumar -sentenció Puche una vez más.
-Tantas cosas debiera dejar de hacer -justificó Matea.
Después de perderse el vehículo bajo los tilos del paseo, desde la distancia llegó el sonido de
algunos disparos. Los situaron por las cercanías del puerto.
Desde la entrada de la torre no se apreciaba otra cosa que no fuese el mar coronado por una
diadema de nubes cenicientas. El mar, por encima del verdor de las palmeras.
Matea sacó tres maletas, las mismas que les acompañaron desde Madrid a Valencia y después
a Barcelona. En ellas, conforme a las órdenes recibidas, y acostumbrada últimamente a preparar
maletas, metió algo menos de lo justo.