Página 33 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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En la frontera, 27 de enero de 1939
Al atardecer aumentó el frío y comenzó de nuevo a lloviznar. Los vehículos que culebreaban a
lo largo de la carretera en dirección al paso de la frontera dejaron de avanzar al ritmo lento del día
anterior.
Demasiados para un acceso excesivamente angosto. Demasiado peligroso el equilibrio de ma-
letas de quienes hacían la marcha a pie buscando un destino común, la Francia libre y acogedora
en el sueño de todos, que parecía tender sus manos unos cientos de metros más allá de los picachos
nevados que no parecieron acercarse siquiera unos milímetros desde que se comenzasen a ver. Al
contrario, cuanto más cercanos deberían estar, más parecían alejarse.
Hacía falta valor para echarse a caminar por aquél sendero en el que únicamente se sentían
las pisadas chapoteando sobre el embarrado firme. Sin conversaciones, ni ruido de motores, pues
hasta los vehículos, en ese último deseo por ahorrar fuerza y combustible se mantenían mudos.
Comenzaba a oscurecer y la noche se avecinaba prematuramente heladora. Corpus Barga,
adelantando la intención a los pensamientos descendió del vehículo y comenzó a caminar entre los
que se encontraban detenidos por delante de los suyos. Lo hizo hasta el mismo puesto fronterizo,
del que apenas los separaban seiscientos o setecientos metros cuanto les entró la angustia y enten-
dieron que, de no hacer algo, les tocaría pasar allí la noche.
José lo miró cuando se echó fuera.
-¿Tú crees que servirá de algo, Andrés?
-Habrá que intentarlo, al menos.
Eran demasiados los que como Andrés, Corpus Barga, tenían la misma intención.
Como Puche advirtiese, al caer la tarde de ese 22 de enero el vehículo que los tendría que re-
coger se encontraba a las puertas de la Torre del Castañar. Los cuatro estaban preparados, Antonio,
su madre, Matea y José. El chófer los ayudó a colocar las maletas y al momento el vehículo comenzó
a deslizarse hacia el centro de Barcelona. Cerró la noche cuando se detuvo ante las puertas de la
Dirección de Sanidad, mientras los reflectores buscaban en el cielo el rastro de los aviones y los ca-
ñones antiaéreos disparaban sobre unos objetivos que parecían invisibles a cualquier mirada. Al
tiempo que las sirenas avisaban del inminente bombardeo. Uno más, el último tal vez.
-¿En qué piensas?
Lo preguntó José a su hermano, con el sonido de fondo de las explosiones. Tardó en respon-
der.
-No quería pensar en nada.
Pero lo hacía en todo lo quedaba atrás. En una España rota y una tierra que sangraba por los
cuatro costados. Poco después la caravana de vehículos tomaba la carretera en dirección a Ge-
rona. Salvo doña Ana, ninguno fue capaz de cerrar los ojos, fijos en la carretera, alargándose con-
forme se iluminaba por los faros del vehículo, y de los que llevaban delante, y de los que los seguían
detrás. Nadie se detuvo a contar los vehículos, ni el número de personas que los ocupaban; ni de
quienes caminaban arrastrando los pasos o se cobijaban bajo las mantas, a la espera del amanecer
para continuar en busca del destino incierto. De hacerlo, hubiesen perdido muchas veces la cuenta.
La llegada a Gerona, con la amanecida, ofreció el espectáculo más triste que pudieron imaginar.
El de la huida, la desesperación, el miedo. Imposible de pintar en un lienzo.
No había palabras para describirlo, y no las hubo hasta que al cabo de la tarde se detuvieron
en Cerviá. Después llegó la ambulancia que los llevó a Mas Feixat. Nadie, durante la duermevela,
habló de la guerra, como no se habla de la muerte ante el cadáver. Frente al fuego se hablaba de
don Ramón María del Valle Inclán, de su obra, y de los poetas y de su poesía, y de la vida que
queda por vivir.
El acceso al paso de la frontera se encontraba igualmente colapsado. Corpus Barga regresó al
cabo de un par de horas con las malas nuevas, no obstante comunicó su conversación con el co-
misario del puesto. Aquél permitiría el paso a pie, perderían los vehículos pero al menos ganarían
tiempo y quién sabe si también un poco más de vida. A cambio Corpus Barga, agradeciendo el in-
terés, le dio lo poco de valor que portaba, el reloj y algunos francos. Puche le advirtió de lo que po-
dría encontrar e iba preparado.