Página 34 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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-El hombre es muy astuto en eso de servirse de las miserias del hombre –le advirtió Puche.
Al regreso se dio cuenta de que muchos de los vehículos que como los suyos seguían el culebreo
lento en busca del paso quedaron definitivamente embarrancados en la carretera. Sus ocupantes
optaban por continuar caminando y aquello hacía más difícil el avance, pues a pesar de que algunos
hombres se afanaban en empujar los autos para sacarlos de la carretera, la angostura apenas lo
permitía.
Corpus Barga miró a José con pena.
-Tendremos que continuar caminando.
-Con mamá Ana y Antonio, y además lloviendo, no conseguiremos llegar nunca -se pareció
quejar
-Tampoco nos podemos quedar aquí, aguardando a morir congelados.
Andrés se encontraba igualmente en lo cierto, pues cerró la noche, el frío continuaba intenso,
y comenzaron a bailar en el aire los espectros de algunas hogueras, al resguardo de las camionetas,
congregando a los desesperados.
Matea ayudó a descender a mamá Ana, y José lo hizo con Antonio, quien tenía las piernas en-
tumecidas después de tantas horas de viaje sin salir del vehículo. Corpus Barga tomó en brazos a
doña Ana, en tanto José y Matea, cada uno por un lado lo hicieron con Antonio, ayudándolo a ca-
minar hasta que pudo hacerlo por sí mismo, con el apoyo de su inseparable bastón. Alguna de las
maletas quedó en el vehículo.
Las gestiones de Corpus Barga dieron resultado. El comisario los dejó pasar mientras dos de los
guardas senegaleses levantaban las cadenas para que, bajo ellas, entrasen en suelo francés.
Después, en el vehículo del comisario llegaron a la estación de ferrocarril de Cerbére, al refugio
de un vagón de tren en el que aguardar el nuevo amanecer.
En Colliure, 15 de febrero de 1939
El sol de mediodía reverberaba plácido, a pesar de que apenas calentaba. Corpus Barga llegó
apresurado con las últimas novedades. Salió muy temprano esa mañana hacía Perpignan y al retorno
se le notó con una mayor congoja, pues las noticias de España continuaban siendo malas. Tan
malas como el estado de salud de Antonio.
José Machado se encontraba a las puertas del hotel.
-¿Cómo sigue?
José bajó los ojos, su estado fue empeorando poco a poco. Era previsible. Lo confirmó a media
mañana el doctor Cazaben, quien le diagnosticó una pulmonía agravada con el debilitamiento del
corazón.
-No ha querido cobrarnos la visita.
Lo dijo José mirando al suelo, como avergonzándose de la penuria económica por la que atra-
vesaban sin aparente necesidad. La misma penuria económica que atravesaban muchos miles de
quienes como ellos se vieron obligados a abandonarlo todo; menos sus ideas.
Algo bueno llegaba con Corpus Barga, dinero. Lo envió al consulado de Perpignan el secretario
de la embajada en París, Luis Santullano, con la nota que todos conocían. Antonio Machado y su
familia hallarían acomodo en la embajada y salvoconductos desde el momento mismo en que de-
cidieran ponerse en viaje.
-Antonio no lo desea y en su situación es mejor dejar las cosas como están. El doctor advirtió
que no le convenían las alteraciones y temo que de volverle a hacer la misma proposición sería
como volver a meter el dedo en la llaga. Después de que marchó el médico, lo he tomado como
cosa de las calenturas, me ha llamado a decir que quiere padecer lo mismo que los demás, que él
es un español cualquiera Andrés, ¿tú te das cuenta? Antonio Machado un español cualquiera,
cuando ni siquiera necesita una carta de presentación para que todo el mundo lo respete y lo admire
y corra a tenderle las manos. No lo puedo comprender.
La misma respuesta que dio aquella mañana del 28 de enero cuando a la estación de Cerbére
les llegó la carta del ministro de Estado de la República española advirtiendo que la embajada en