Página 35 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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París se hacía cargo de todos sus gastos, y de su traslado a la capital de Francia. Pero él, en aquellos
momentos, era uno más, y quería seguir siendo un español más. Y padecer, si de ello se trataba, lo
mismo que padecían los españoles a los que comenzaba a negárseles su España.
Madame Quintana les sonrió desde el interior, venía para advertirles de que el almuerzo estaba
dispuesto. Su francés era casi perfecto, a pesar de que sus orígenes fuesen españoles. También do-
minaba el idioma español, y tampoco había demasiados ánimos para sentarse a la mesa.
-Tienen ustedes que continuar viviendo, la vida es increíblemente hermosa, tanto como la poesía,
o cómo los días claros de la primavera.
Madame Quintana tenía alma de poeta.
-Nos trata usted demasiado bien, no necesitamos que nos dé tanta buena comida, nos basta
con unas patatas, un poco de pan y un vasito de vino, antes podíamos pagar, pero ahora somos
pobres y no tenemos dinero.
Antonio se lo advirtió esa misma mañana, poco antes de la visita del doctor, cuando madame
Quintana subió a la habitación para preguntarle lo que le apetecería almorzar.
Tampoco les preguntó, el día de su llegada si podrían correr con los gastos del alojamiento.
Simplemente les adjudicó las habitaciones. El jefe de la estación de ferrocarril de Colliure, el señor
Baills, al descender del tren y dirigirse a él no estuvo errado al decirles que se trataba de un lugar
acogedor y de que ella, madame Quintana, era una persona excepcional.
Andrés, Corpus Barga, del brazo de José, caminó hasta el cuarto de Antonio. Se encontraba
adormilado. Despertó al escuchar el suave roce de la puerta al abrirse. Matea estaba sentada entre
las dos camas, la de Antonio y la de su madre. Doña Ana, en la inconsciencia de los últimos días
alzó la cabeza preguntando lo mismo una vez más:
-¿Cuando llegamos a Sevilla?
Se le iluminó el rostro, soñando con los patios perfumados de azahar.
Matea la tomó la mano. La encontró excesivamente fría.
-Pronto mamá Ana, pronto.
Volvió a dejarse caer sobre los almohadones, desmadejada. Matea
les hizo una señal. Si algo tenían que decir, mejor hacerlo fuera.
A Antonio también le había subido la fiebre. Se quejó del frío lo mismo
que de los sudores. Cuando Corpus Barga se acercó a tomarle la mano
la sintió sin apenas fuerza. Antonio balbuceó unas palabras ininteligibles,
con la voz muy apagada, para que su madre no los sintiera. Corpus Barga
se acercó para escuchar aquél susurro.
-Noto que el cuerpo se me va poniendo en ridículo Andrés.
-Tonterías maestro –le musitó Corpus Barga-, cuando se le pase el res-
friado seguiremos a París donde una nueva vida nos espera, y para la pri-
mavera habremos regresado a España si es lo que usted quiere. ¿Se
imagina usted la primavera de este año en Sevilla?
Antonio trató de sonreír. El intento quedó en una mueca. Se le esca-
paron unas lágrimas que no pudo disimular.
-¿Quien conocerá una próxima primavera en Sevilla, Andrés? -Ex-
clamó.
-Todos Antonio, todos la conoceremos -intervino airadamente Matea, al tiempo que se levantaba
para echar a Corpus y a su marido del cuarto, en el momento en el que madame Quintana entraba
con dos caldos y dos tortillas de huevo.
-Es usted demasiado buena madame, demasiado buena, no necesitamos tanto, somos pobres
-volvió a insistir Antonio.
-Eso he de ser yo quien lo decida -cortó con sequedad madame Quintana, al tiempo que cui-
dadosamente depositaba la bandeja sobre la mesita de noche.
Al momento entregó a Matea el tazón de caldo para doña Ana, antes de volverse para ayudar
a Antonio a incorporarse, poniéndole a las espaldas el almohadón.
DESPERTÓ AL
ESCUCHAR EL
SUAVE ROCE
DE LA PUERTA
AL ABRIRSE