Página 36 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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-No me moveré de aquí hasta verlo a usted terminar el almuerzo -amenazó.
En los últimos días Antonio fue perdiendo el apetito. Se tomó a la fuerza una parte del caldo de
la taza y al momento le comenzaron a dar los habituales accesos de tos. Matea quiso intervenir, sin
embargo madame Quintana no se lo permitió.
-Es usted demasiado blanda, a mí me obedecerá mejor ¿no es cierto monsieur Antonio?
Antonio Machado, a la fuerza, lo tuvo que hacer; se tomó el caldo, aunque la tortilla quedó en
el plato. El nudo del estómago no le permitía más.
Corpus Barga esperaba que le preguntase sobre su viaje a Perpignan, pero no lo hizo, ni quiso
saber lo último de Manuel, ni de lo que estaba ocurriendo al otro lado de la frontera. Nada. Como
los últimos días, sus silencios y la mirada perdida de sus ojos lo decían todo.
La mañana de la víspera Antonio salió del hotel con José, camino de la playa. Su figura se fue
encorvando en exceso y le costaba caminar cogido por la mano izquierda al brazo de su hermano,
sujetando el bastón con la derecha. El abrigo le holgaba, descomponiendo su siempre astrosa es-
tampa. Las calles de Colliure eran un hervidero de gentes con los hatillos al hombro, caminando sin
rumbo.
Se detuvo a mirar aquel infame desfile de españoles sin tierra.
-En esto la han convertido… en esto o la muerte.
La mirada perdida, los ojos acuosos, los cuerpos encogidos de quienes caminaban lo decían
todo. Le hubiese gustado poder tenderles la mano, ofrecerles ayuda. Pero no disponía de nada, ni
siquiera de fuerzas con las que dar sobre sus espaldas una palmada de ánimo.
Desde las ventanas se asomaban a verlos pasar. A contemplar lo que parecía el nuevo éxodo
bíblico protagonizado por mujeres desgreñadas, hombres con barba de días y chiquillos de mirada
triste y gesto de fatiga tratando de continuar arrastrando los pies.
-Para esto sirven las guerras… -musitó, sin concluir la frase.
Nadie era capaz de reconocer a aquél hombre, Antonio Machado, envejecido por la derrota,
con la mirada ausente tras las lentes, dejando a la vista la amplitud desnuda de su frente bajo el ala
del sombrero.
-José cuando ya no hay porvenir por estar cerrado el horizonte a toda esperanza, es la muerte
lo que llega.
Lo expresó mirando al cielo, ligeramente encapotado. Después continuaron caminando. La
calle seguía arracimada por aquella procesión de desesperados que cruzó la frontera y lo venía ha-
ciendo cada día en mayor número. Por algunos lugares, lo contaban quienes llegaban y lo relataba
la prensa, la aviación fascista se entretenía en amedrentarlos, arrojando sobre ellos las bombas so-
brantes, o ametrallando desde las alturas a quienes no tenían otra cosa más que perder salvo la
vida. La absurda venganza del triunfador.
-Te podías parar a preguntarles.
A preguntar. Cómo si no supiesen ya lo que se quedó atrás. Toda una vida. Toda la historia de
sus vidas. A lo mejor una familia o una novia aguardando la esperanza de un retorno.
-Cuando se mira hacia atrás se ve todo lo pasado envuelto en brumas de colores José, a mí ya
solo me queda eso, el recuerdo de lo vivido.
Como a casi todos los que pasaban por allí.
Los barquichuelos de los pescadores reposaban con placidez en la playa, festoneada de arenas
doradas y de guijarros; y la suavidad del viento al tiempo que mecía las aguas en ligeros pliegues
que entraban a relamer las arenas en lenguas de espuma, traía también el olor del salitre, en tanto
revoloteaban las gaviotas por encima de sus cabezas con majestuoso aleteo, dejándose caer con
reposada humildad sobre los palos mayores de los barcos de altura, que allá, en la dársena, man-
tenían recogidas las velas.
El horizonte se mostraba hermoso tras la última línea de agua que se podía alcanzar con la mi-
rada, y se comenzó a levantar un viento bravo que con mayor entusiasmo encrespaba las aguas,
alborotando las espumas con mejor alegría.
Antonio Machado se quitó el sombrero y el viento acarició los cabellos lacios. La tibieza del sol