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rEtrato DEl vENgaDor
UN RELATO DE
José Miguel Martínez del Río
E
nvuelto por la penumbra, observo mi rostro en el espejo. El bigote, grande y descuidado, se su-
perpone a mis labios agrietados como el cuero seco. Paso la mano sobre la barba y compruebo
que la sucesión de insomnio y pesadillas marca la aureola de mis ojos como un antiguo tatuaje
carcelario. Sobre la mesilla de noche reposa el pequeño frasco de veneno adquirido una
semana atrás. Si soy capaz de reunir el valor suficiente, todo llegará a su fin hoy mismo. La muerte, aterradora
otros tiempos, se presenta desde hace meses como el camino más sencillo hacia una paz que no podré co-
nocer en este mundo.
Miro hacia el pasado y me percato de que ni tan siquiera la niñez me permite atisbar un refugio cálido
para mis recuerdos. Apenas los primeros años, cuando no era consciente de lo que sucedía a mi alrededor
y jugaba libre en las calles empinadas de Molvízar, contienen alguna felicidad real.
El pueblo, tal y como lo veíamos desde el valle, parecía una herida blanca abierta sobre la piel oscura de
la montaña. Me gustaba descender por sus laderas persiguiendo a las cabras de Basilio el pastor, jugando
con su pequeño perro de manchas negras, saludando a los vecinos que partían hacia el campo que pronto
se convertiría en mi primer oficio. Sólo los niños pequeños y los ancianos impedidos escapaban de las ingratas
tareas de labranza en un pueblo de peones sin tierra que perdía población año tras año ante la imposibilidad
de los hombres para sacar a sus familias adelante.
Mi madre apenas salía de casa. Su vida se limitaba a preparar la comida y tenerlo todo limpio. No fui
capaz de percibir la angustia que encerraba su mirada hasta que me hice mayor y conocí el motivo que la
originaba: el miedo. Pude descubrirlo una tarde de mayo, cuando nos hallábamos en el minúsculo salón de
casa. La puerta de la calle se abrió inundando la estancia de un aire calentón que adelantaba la llegada del
verano. Mi padre entró doblado bajo el peso de un saco que acarreaba sobre la espalda y soltó aliviado
sobre el suelo. Un par de patatas salieron rodando y mi hermana se aprestó a recogerlas. Sólo yo me levanté
corriendo para besarlo en el rostro, rígido y áspero tras muchos años bajo el sol implacable del campo. Lle-
vaba varios días sin aparecer por casa, pero ya estábamos acostumbrados a que se marchase a otros lugares
donde algún patrón requería su trabajo. Solía regresar cargado de alimentos y con algo de dinero que en-
tregaba a su mujer para que lo administrase. Mi hermana le dirigió un leve gesto de saludo con la mano,
pero mi madre permaneció sentada, mirando al frente como si nadie hubiese aparecido.
—¿Ese es el recibimiento de una esposa a su marido? Podrías al menos servirme un poco de vino.
Ella obedeció en silencio. Se levantó para dirigirse hasta la pequeña alacena y extrajo de allí un pequeño
vaso gastado por miles de lavados. Vertió en él un mosto de color ámbar y lo depositó con desgana sobre
la mesa. Mi padre lo tomó en sus manos y comenzó a observarlo al trasluz, girándose hacia la única ventana
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