Página 40 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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de la habitación. Permaneció así durante varios segundos hasta que volvió a soltarlo en la mesa sin
haberlo probado.
—¿No te convence? —inquirió mi madre mientras mi hermana se frotaba las manos con inquie-
tud—. Creo que la garrafa aún se conserva en buen estado.
—Me inspira más confianza el que me puedan servir en la taberna.
—¡Por Dios, Antonio! ¿Otra vez estás con esas?
—Del único que me puedo fiar en esta casa es del niño. No hay que ser muy listo para percatarse
de que las dos estáis hartas de mí y sé que llegará el día en que tratéis de envenenarme.
Mi madre se mantuvo en silencio durante unos largos segundos, hasta que reunió el valor para
contestarle con la voz temblorosa.
—El Señor me castiga por no haber hecho caso a mis padres. Ya me advirtieron que tu cabeza
no regía bien, pero no les quise escuchar. Tal vez lo mejor sería que me volviese con ellos. Así podrías
vivir libre de esos peligros que imaginas.
—¿Me estás amenazando con abandonarme? —su voz bramó como un trueno en la habitación—
. Antes soy capaz de matarte.
Se precipitó hacia la alacena y la abrió con brusquedad. Con el rostro desencajado agarró una
plancha de hierro y se dirigió hacia mi madre con pasos decididos. Apenas tuve tiempo de levan-
tarme para interponerme entre ellos y tal vez eso fue lo que salvó su vida. El golpe que descargó,
frenado por mi cuerpo, rozó tan sólo su cabeza y fue a estrellarse contra un hombro, derribándola
en el suelo. Mientras ella se retorcía de dolor, mi padre me dio un fuerte empujón y lanzó la plancha
contra una pared. Minúsculas placas de cal cubrieron el suelo como nieve sobre un prado gris.
—¡Tú también estás con ellas! ¡Os habéis confabulado entre todos para hacerme la vida imposi-
ble!
Y de repente comenzó a llorar como si fuese un niño pequeño, enlazando sus sollozos con los de
mi madre, que permanecía en el suelo hecha un ovillo sin atreverse a levantar la mirada hacia el
hombre que llevaba atemorizándola desde hacía años sin que yo, apenas un niño, hubiese llegado
a sospecharlo. Permanecieron así durante unos tensos minutos en que mi hermana y yo nos mirá-
bamos sin saber qué hacer. Mi deseo hubiese sido marcharme corriendo a la calle, bajar las cuestas
hasta el camino y perderme en cualquier bancal entre los árboles frutales o las cañas de azúcar que
crecían frondosas en el valle del Guadalfeo, pero no me atrevía a dejarlas a solas con él, así que
me mantuve allí hasta que se levantó, restregó la manga de su camisa por la cara y abandonó la
casa sin decir nada.
En ese instante comprendí muchas cosas. Gestos que hasta entonces me pasaban casi desaper-
cibidos ahora cobraban sentido: la mujer que giraba sobre sí misma en la calle desierta para evitar
cruzarse con nosotros, el silencio que a veces se hacía en la taberna cuando entrábamos de la mano
para sentarnos a solas en el lugar más apartado, el murmullo y las risas de algunos niños mayores
al vernos pasar, la mezcla de miedo y sorna que produce un loco en un pueblo pequeño. Aunque
hacía años que trabajaba duro en el campo, aquel día fue el que puso fin a mi niñez y desde en-
tonces son muy pocos los recuerdos gratos que puedo acercar hasta mi mente.
Poco antes de que cumpliese los catorce años, en una fría mañana de otoño, mis abuelos vinieron
para acompañar a su hijo hasta un manicomio de la capital. Pagaron un coche de alquiler que se
convirtió en la admiración de todo el pueblo. Recuerdo que entró en el vehículo mansamente, mi-
rando extrañado a los vecinos curiosos que se asomaban a las puertas de sus casas. Mientras se
alejaban por el camino, seguidos a la carrera por una patulea de chiquillos harapientos, las lágrimas
que caían de los ojos de mi madre no eran de pena por él. Las producía el alivio de librarse al fin
de la carga que había aplastado los mejores años de su vida.
Nos fuimos a vivir a la casa de mis abuelos maternos, donde las privaciones fueron aún mayores
que cuando la familia permanecía unida. El trabajo en el campo era muy duro, pero mi abuelo es-
taba impedido y el único ingreso de la familia era el jornal que yo aportaba, así que no había otra
opción que participar en la zafra de la caña de azúcar y prestarme a cualquier oficio que surgía: fui
peón de albañil, ayudante de transportes y aprendiz de herrero, siempre con jornadas de sol a sol
a cambio de salarios miserables.