Página 41 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Una tarde de otoño, de regreso a casa, me topé con mi padre en el pueblo. Nadie me dijo que
hubiera regresado de la reclusión forzosa a que lo obligaron, pero allí estaba, caminando con las
manos en los bolsillos y el mismo aire desconfiado y nervioso que siempre había mostrado. Cuando
me reconoció se acercó hasta mí sonriendo con naturalidad, como si nos hubiésemos visto en la
víspera y los dos últimos años no fueran más que la noche que separa un día del siguiente.
—Qué alto estás, Antonio. Te dejé siendo un niño y te encuentro hecho un hombre.
—¿Cuánto tiempo llevas en el pueblo? —pregunté con una mezcla de sorpresa y terror.
—Sólo un par de meses, pero no he creído prudente acercarme a visitaros. Sé que no dejé un
buen recuerdo entre vosotros.
De repente sentí pena hacia un hombre que había sido desterrado de su propia existencia. Quería
odiarlo por la vida que había dado a mi madre, pero no era capaz, pues sabía que las faltas que
cometió en el pasado no eran más que el fruto de su enfermedad.
Se hallaba recluido en un cortijo a las afueras gracias a la gestión realizada por sus padres, los
abuelos con quienes mi madre se había encargado de cortar cualquier vínculo, y procuraba salir de
allí lo menos posible, consciente del miedo que sus desaires y acciones violentas generaban en el
pueblo. Me pasaba por allí una vez en semana. Mi hermana lo hacía también, pero con menos fre-
cuencia, pues en su interior aún guardaba el recelo de los años de maltrato. Solíamos llevarle algún
alimento y brindarle un rato de conversación para aliviar su soledad.
Una fría tarde de enero ambos mirábamos cómo las llamas hacían crujir un tronco de almendro
en la chimenea. El sol acababa de ocultarse tras el mar y la habitación se hallaba a oscuras salvo
por el resplandor anaranjado de las brasas que balanceaba nuestras sombras sobre los muros en
penumbra. Permanecimos en silencio un buen rato hasta que mi padre, tal vez incómodo, comenzó
a hablar sin levantar la vista del fuego.
—A veces me pregunto cómo he sido capaz de haceros tanto daño. Me casé y formé una familia
sin sospechar que los demonios que habitan en mi cabeza fuesen a llevarlo todo al desastre más
absoluto.
—Las cosas han salido así y no hay que darles más vueltas —contesté deseando zanjar la situa-
ción.
—Las cosas salen bien o mal dependiendo de los hombres que las realizan —insistió—. Sólo
quiero que sepas, que sepáis todos, lo infeliz que me siento por estropear vuestras vidas. A veces
me pregunto cómo llegué a cometer ciertas fechorías.
—Déjalo, padre. Hay muchos hombres que pegan a sus mujeres y sus hijos. Y no todos acaban
encerrados durante años. Bastante castigo has tenido con el manicomio. Mira hacia delante y pro-
cura ser feliz.
—He hecho muchas cosas malas y aún queda alguna que nadie conoce. A veces, guardando los
propios errores para nosotros sólo conseguimos cargar el alma con un peso insoportable. Necesito
confesarme con alguien, y sabes de sobra que no creo en los curas.
—Te repito que no tienes que excusarte por nada —repliqué en un último intento por no escuchar
las intimidades de un pobre loco.
Con el atizador de hierro que colgaba junto al hogar golpeó varias veces el tronco y éste despidió
un aluvión de chispas brillantes que se mezclaron con el humo y fueron absorbidas por el tiro for-
mando un remolino anaranjado. Tras un instante de silencio, las palabras parecieron arrastrarse
con dificultad a través de su garganta para quedar prendidas de mi mente durante años.
—Tuve relaciones con otra mujer, en Lobres. Salvadora y tú tenéis un hermano. Tendrá casi la
misma edad que tú.
Noté como si una mano atenazase mi cuello impidiéndome respirar y hasta mi pensamiento llegó
la imagen de mi madre cuando yo apenas era un niño, aguardando paciente la llegada de su ma-
rido, ausente durante varios días por la cosecha. Tal vez ella sabía algo, pero nunca dio la impresión
de verse afectada por el comportamiento de mi padre hasta que la convirtió en el objetivo de sus
sospechas de paranoico y sus acciones tornaron casi irrespirable el aire de nuestro hogar.
—¿Un hermano? ¿Y cómo me has podido ocultar eso todo este tiempo? Tal vez he coincidido
con él sin saberlo.