Página 43 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Como parte de la liturgia de cada mañana, guardo el frasco de veneno en el bolsillo del pantalón.
Al introducirlo, mis dedos entran en contacto con la pequeña daga que compré en Buenos Aires.
Ambos filos parecen romos, pero la punta penetra ligeramente en la yema del pulgar cuando la
acaricio. Tras muchos años vagando por los caminos, algún conocido me convenció para que llevase
encima algo con que defenderme si trataban de asaltarme. Quizás encuentre la muerte antes de
saber si soy capaz de usarla contra alguien. Tal vez no dependa de nuestro valor, ni tan siquiera de
nuestra voluntad, o puede que todos llevemos en nuestro interior algo que por un instante nos con-
vierte en asesinos, un instinto dormido que se aviva ante el estímulo más inesperado. En mi propio
padre vi alguna vez asomar esa tendencia destructora, reflejada en sus ojos vacíos de humanidad
cuando sufría uno de sus ataques. Pero hay gente capaz de llamar a voluntad al asesino que habita
en su interior y usarlo como si se tratara de una herramienta de trabajo. Eso también lo sé por ex-
periencia. Muchos lo sufrieron un día en este mismo país y cayeron indefensos bajo las balas de
quienes se convirtieron, en el ejercicio de su oficio militar, en matarifes de sus propios conciudada-
nos.
Al pensar en aquel suceso, llega a mi mente la exención del servicio que me concedieron cuando
tenía veinte años. La única ventaja que la pobreza me ha dado en la vida. Debido a que tenía que
cuidar de mi madre en un ambiente de miseria, me entregaron aquel papel milagroso que aún con-
servo después de tantos avatares junto con la partida de bautismo, pruebas de la identidad que se
pierde cuando uno abandona tan joven su pueblo y recorre mil lugares en los que para todo el
mundo es un extraño, ciudades enormes en las que nadie se percata de su presencia, caminos pol-
vorientos, desiertos donde el encuentro con otra persona se convierte en una amenaza más que en
un alivio.
Ese papel oficial, el salvoconducto que me libraba de servir en el ejército, fui a recogerlo a Motril
junto con tres vecinos del pueblo, todos de mi edad o aún más jóvenes. Desplazarse hasta la cabeza
de comarca era para un grupo de jóvenes una especie de aventura. Nos esperaban otras tabernas,
calles más anchas y llanas que las nuestras y rostros de mujer diferentes de los que estábamos hartos
de cruzarnos cada día.
Llegamos a la ciudad al despuntar el día, hacinados en el carro de un vecino que transportaba
hortalizas para venderlas en el mercado de la plaza de Larios. Nos apeamos de un salto a la entrada
de la calle de las Cañas y desde allí fuimos dando un paseo hasta el ayuntamiento para recoger los
papeles.
Desde primera hora, mis compañeros parecían niños pequeños esperando la llegada de un circo
ambulante, excitados ante la idea de pasar por primera vez en su vida un día completo en un lugar
remoto y desconocido, lejos de las miradas indiscretas de padres y vecinos. Antes de las diez de la
mañana ya estábamos en la primera taberna. No quise humillarme reconociendo que nunca había
bebido más de un trago de vino, brebaje cuyo sabor al desplazarse por la garganta me provocaba
sensaciones cercanas a la náusea. Tuve que vencer el asco y beber para no desentonar con el resto
y antes del mediodía ya estábamos todos completamente borrachos. Cogidos del brazo nos dedi-
camos a exhibirnos, recorriendo una y otra vez las calles más céntricas del pueblo, donde mujeres
de todas las edades se movían de un lado a otro procedentes del campo o del mercado y agachaban
la mirada azoradas cuando mis compañeros se dirigían a ellas con piropos o frases procaces que
no me hacían ninguna gracia. Nada salió de mi boca, pues aparte de a mi hermana y mi madre
apenas he sido capaz de dirigirme a una mujer sin que mediase un motivo justificado. Tenía entonces
veinte años, pero desde mucho tiempo antes era consciente de que mi timidez me abocaba a una
vida de celibato forzoso.
Cuando llegó la hora del almuerzo hacía rato que habíamos agotado el poco dinero que traíamos.
Abotargados por el alcohol, decidimos sentarnos en la primera plaza que encontramos y aguardar
allí hasta la hora de marcharnos. Nuestro vecino había prometido llevarnos de vuelta cuando hubiese
colocado toda su mercancía, pero alguien dijo que no aguantaría hasta la tarde y prefería comenzar