Página 44 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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a caminar hacia el pueblo. Como suele suceder a esa edad, todos decidimos secundarlo y empren-
dimos la marcha por el camino de Málaga cuando el sol aún permanecía en lo alto del cielo. Nos
aproximábamos al río Guadalfeo cuando me invadió una extraña y repentina sensación de frío. Una
de mis manos comenzó a tiritar levemente, y luego lo hizo la otra. El temblor fue apoderándose de
todo mi cuerpo hasta que mis piernas fueron incapaces de soportar mi peso y caí bocabajo. Las
risas en los rostros de mis acompañantes se fueron tornando en gestos de horror cuando empecé a
convulsionarme sobre el suelo vomitando un líquido amarillento que empapó la tierra con su olor
a vino rancio.
Desperté en mi cama esa misma noche. Cuando abrí los ojos no vi a mi madre, sino a Gerardo,
el más joven de mis compañeros, quien me explicó que los otros dos muchachos salieron corriendo
hasta el pueblo para avisar a mi familia mientras él se quedaba conmigo pensando que tal vez hu-
biera muerto. Notaba una fuerte presión dentro de la cabeza y la escasa luz de un candil situado
sobre el suelo parecía herirme los ojos, como si mirase directamente al sol en una mañana de ve-
rano. Al tratar de incorporarme regresaron las náuseas y tuve que mantenerme pegado a la cama
mientras mi amigo avisaba a mi madre con grandes voces de euforia por verme resucitado.
—Vaya susto nos has dado —Gerardo hablaba con un ligero temblor en la voz—. Parecía como
si el demonio se te hubiera metido en el cuerpo. Tenías las mismas convulsiones que un pez fuera
del agua.
Mi madre se santiguó al escucharlo y se dirigió hacia mí en un tono amenazador.
—Tienes el mismo problema que tu padre. Enfermas cuando bebes. Debes prometerme que es la
última vez que pruebas el vino.
—No hace falta que me lo pidas. No pienso volver a hacerlo.
Aquella misma tarde, como si una extraña revelación se me hubiese presentado durante el pro-
fundo sueño, todo lo que me rodeaba comenzó a parecerme ajeno y absurdo: las paredes de la
habitación, el olor a humedad de nuestra casa, mi propia madre y la vida que llevábamos en el
pueblo. Algo en mi interior me decía que no podía seguir allí. Me resultaba casi insoportable pensar
en levantarme cada mañana para seguir viendo las mismas caras, pasando las mismas miserias,
sintiendo las mismas frustraciones.
Mi madre metió la mano en el bolsillo de su delantal y extrajo un papel doblado que me entregó
en la mano.
—He sacado esto de tus pantalones antes de lavarlos. No sé lo que dice, pero supongo que serán
los papeles que has ido a buscar esta mañana. Guárdalos bien, porque los vas a necesitar para
poder seguir trayendo un jornal a casa. Sólo nos faltaba que te llevaran más de un año a servir al
ejército.
Tomé el documento en mis manos y pensé que de poco me iba a servir en el extranjero, donde
pensaba marcharme en cuanto me fuese posible.