Página 45 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Hace más de un mes que no trabajo y echo en falta el contacto con los compañeros de la bodega.
La vida no es fácil para quien no posee amigos y en la soledad de mi habitación alquilada me sor-
prendo a menudo manteniendo extrañas conversaciones conmigo mismo. No transcurre un día en
que no me pregunte si acerté al marcharme del pueblo. Hace tanto tiempo que me cuesta ponerme
en la situación del joven que fui, pero tengo la casi total certeza de que no he conseguido nada de
lo que entonces anhelaba. He realizado travesías peligrosas y he trabajado como un esclavo para
distintos explotadores. He sufrido el aislamiento en lugares repletos de gente y nunca logré vivir con
holgura. Jamás sabré qué habría pasado de haber permanecido cerca de mi madre, tal vez en Motril
o en la capital de la provincia, pero me cuesta imaginar otras vidas, pues no sé exactamente cuál
es el punto de partida que hubiera podido tomar: seguir trabajando en el campo como siempre,
arriesgarme a declarar mi amor a alguna mujer para fundar una familia, montar un negocio o coger
un barco y desaparecer para siempre del pueblo con un rumbo exótico recomendado por un cono-
cido de mi padre que siempre había suspirado por emigrar a Argelia, donde los franceses lo tenían
todo tan bien organizado que había trabajo para cualquiera con voluntad de esforzarse.
Recojo el ejemplar del periódico El Chileno, de finales de 1907, que conservo desde hace más
de seis años. Lo doblo para introducirlo de nuevo en el bolsillo trasero de mi pantalón. No necesito
mirar su portada, ni volver a leerlo: lo tengo memorizado. La noticia del asalto a la escuela de Iqui-
que la he leído mil veces en incontables lugares diferentes, pero siempre acaba igual, con cientos
de muertos según la versión oficial, aunque yo sé que fueron más porque estuve allí meses después
y pude hablar con sus hijos, mujeres y hermanos.
Cuando salgo a la calle me deslumbran los primeros rayos de sol y el calor me golpea para re-
cordarme la proximidad del verano. Busco el cobijo de la sombra, pero aún así comienzo a sudar
en seguida, tal y como lo hice a mi llegada a Orán.
Los primeros días todo era una sorpresa en aquella ciudad portuaria de casas blancas: la luz, de
una claridad casi cegadora, los olores en la calle, a tintes y especias, la ropa de los nativos, sus
barbas, las mujeres cubiertas con velos. A la vista de tanta novedad, nada me hacía pensar que pu-
diese echar en falta el pueblo. Atrás sólo quedaban sinsabores: un padre loco cuyas influencias tal
vez trataba de evitar al marcharme de casa, una madre amargada y una vida sin una sola expectativa
prometedora. Empezaba una nueva etapa lejos del único lugar en el mundo donde, según todo el
que me rodeaba, nunca conocería la felicidad. Pronto descubrí que la vida en Argelia no difería de-
masiado de la que había abandonado. También allí existían ricos que vivían y se divertían en lugares
ocultos para nosotros y se trabajaba de sol a sol por un salario de miseria. Los días eran largos, el
sudor pegajoso y la pensión a la que llegaba entrada la noche estaba sucia y olía mal. Tenía poco
tiempo libre pero no lo echaba de menos, pues no disponía de dinero para disfrutarlo. Tan sólo una
vez a la semana se reunían en una pequeña explanada de las afueras algunos grupos de españoles
que, como yo, necesitaban escuchar un idioma distinto al francés y el árabe.
Casi seis meses llevaba allí cuando me decidí por primera vez a acudir a una de esas fiestas cam-
pestres animado por el único hombre al que podía llamar mi amigo, un sevillano más joven que yo,
estibador del puerto. Decía que conoceríamos mujeres y beberíamos vino. Pese a que ninguna de
las ofertas me apetecía, acepté su invitación por no seguir alimentando la fama de extraño que me
acompañaba.
A las cinco de la tarde casi todos estaban bebidos, cantaban flamenco y contaban anécdotas
llenas de añoranza sobre sus pueblos. Yo permanecía sentado en un rincón, distraído, sobrio y algo
melancólico, cuando un hombre se acercó hasta mí con una amplia sonrisa en los labios.
—¡Manuel, qué alegría de verte!
—Creo que se confunde. Mi nombre es Antonio.
—Discúlpeme. Se parece usted mucho a un amigo mío —dijo mientras se alejaba de nuevo hacia
el bullicio.