Página 46 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Cuando el sol entró en su declive, la gran explanada comenzó a vaciarse. Era domingo y al día
siguiente la mayoría debíamos levantarnos antes del amanecer. A mí me esperaba el puerto y su
trajín incesante, la carga y descarga de buques durante todo el día, una tarea tal vez más dura que
la del campo del que había huido con la esperanza de una vida mejor. Me despedí de mi amigo y
enfilé el camino que me llevaría hasta la inmunda pensión en que me alojaba. Comencé a caminar
en dirección a la ciudad y escuché unos pasos precipitados a mi espalda. Un muchacho de apenas
quince años me abordó para estrecharme la mano.
—¿Dónde te has metido? No te he visto en todo el día. Pensaba que te habrías quedado en casa
por algún motivo y andaba preocupado. Nunca te has perdido una fiesta.
Lo miré extrañado, pues no había visto en mi vida a aquel joven. Al comprobar la expresión de
mi rostro se puso más serio.
—¿No eres Manuel?
—No, pero me temo que es la segunda vez que me toman por esta
persona en apenas una hora. ¿Me puedes decir de quién se trata?
—Es un compañero de la fábrica. Se llama Manuel Vaca y proviene de
Granada. El parecido que guarda con usted es asombroso.
Cuando escuché el nombre y la procedencia del hombre con quien me
confundían, el corazón pareció detenerse dentro de mi pecho. Después de
no haberle prestado importancia durante años, llegó hasta mi mente lo
que mi padre me había confesado: el hijo secreto que abandonó la co-
marca con su madre para buscar fortuna en el extranjero. Encontrarse al
otro lado del mar con un hermano desconocido parecía una idea desca-
bellada, pero todo parecía coincidir. Excitado ante la posibilidad de en-
contrar un lazo familiar en un lugar tan remoto, tomé al joven del brazo.
—¿Dónde puedo encontrar a Manuel?
—Si le soy sincero, no lo sé. Lo conozco del trabajo y suele frecuentar
este tipo de fiestas, pero ignoro el lugar en el que vive, aunque sé que
es cerca del puerto. Lo que puedo asegurarle es que el próximo domingo
andará por aquí cantando y bailando, como todas las semanas. Algo im-
portante debe haberle sucedido para que no haya venido hoy. Tal vez se
haya echado una novia —concluyó entre risas.
Fue la semana más larga de mi vida. Procuré trabajar duro para evadir
los pensamientos que se amontonaban en mi mente, pero cada día, al
volver a casa, la obsesión por encontrarme con aquel desconocido se apo-
deraba de mí por completo. Cuando llegó el domingo estaba en la expla-
nada a primera hora de la mañana, como si al llegar antes pudiese hacer que el tiempo corriese
más deprisa. La gente comenzó a congregarse poco a poco y yo me dedicaba a escudriñar sus ros-
tros, tratando de ver el mío reflejado en alguno de ellos. Sin embargo, a mediodía mis esfuerzos
habían resultado infructuosos. Mientras todos comían, bebían y reían en corros, yo me hallaba solo,
pues no conocía a nadie y nunca me resultó sencillo integrarme en conversaciones ajenas.
Cuando estaba a punto de marcharme, atisbé a lo lejos la figura del joven que me abordó el an-
terior domingo. Decidí agotar mi última posibilidad y venciendo mi timidez me acerqué hasta él. No
fue necesario preguntarle puesto que, sentado sobre una caja de madera, reconocí al instante las
facciones del hombre al que buscaba. Se trataba de un tipo bajo, como yo, de ojos pequeños, pelo
lacio y nariz afilada. Una barba de varios días le oscurecía el rostro haciéndole parecer mayor de
lo que era. Bebía vino en un grueso vaso de cristal y al verme se levantó muy despacio. Todos los
que nos rodeaban quedaron en silencio, como si algo de origen sobrenatural estuviese ocurriendo
en aquel lugar.
—Creo que vengo buscándote —dije nervioso—. ¿Eres Manuel?
—Sí.
—¿Puedo saber tu apellido?
—Me llamo Manuel Vaca.
cuando
llegó el
domingo
estaba en la
explanada a
primera
hora de la
mañana