Página 47 - SENOHI

Versión de HTML Básico

RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
|
47
|
—¿Eres de Lobres, por casualidad? —su rostro quedó como petrificado y fue incapaz de articular
una palabra.
Mi sentido del pudor me impedía seguir hablando ante el grupo, así que le rogué que empren-
diésemos juntos el camino hacia el puerto, del que nos separaba más de una hora de camino. En
la gran dársena de oriente permanecimos sentados hasta que el sol comenzó a ocultarse tras el ho-
rizonte y una fresca brisa impregnada de la humedad del mar nos obligó a retirarnos.
Las preguntas se superponían unas a otras, y cada respuesta, como la ramificación de un árbol
gigantesco, se desplegaba en infinitas historias que escuchábamos absortos, sorprendidos de la afi-
nidad que se deducía de nuestros gustos. Le conté cómo era nuestro padre, del que su madre siempre
se había negado a hablarle. Procuré ceñirme a los detalles alegres que recordaba de mi infancia,
alejándome en lo posible el comportamiento que lo llevó a la autodestrucción. Él, por su parte, me
describió una vida de miseria y abandono. Apenas entró en la adolescencia dejaron el pueblo y se
dirigieron al norte de África, llevados por el deseo de poner distancia con un lugar que ambos de-
testaban. Su existencia allí, como la de casi todos los emigrantes, se limitaba a un duro trabajo de
sol a sol a cambio de un sueldo miserable. Nada distinto de lo que habían dejado atrás.
Aquella noche apenas pude conciliar el sueño. De todos los destinos que el mundo me ofrecía,
había tenido la fortuna de escoger el que ocultaba la mayor alegría que el mundo podía depararme:
un hermano. Nada podía anticiparme en aquellos momentos que quien no tiene ataduras por nadie
es también invulnerable al dolor de la pérdida de un ser querido.
Tal vez los meses siguientes me encontré en el lugar más próximo a la felicidad que la vida ha lle-
gado a concederme. En mi hermano Manuel encontré al amigo que siempre había echado en falta.
Cuando lo encontré vivía solo, en una pequeña habitación realquilada en la zona del puerto. Desde
su ventana se escuchaban las sirenas de los barcos, el graznido de las gaviotas y el tránsito de los
marineros que buscaban diversión mientras recorrían desorientados las calles empapadas por el
agua del mar. Me invitó a instalarme allí apenas dos semanas después de conocernos. Había com-
partido el cuarto con su madre cuando ella vivía y una foto suya ocupaba un viejo portarretratos
sobre la desvencijada mesilla de noche. Al verla me llenaba de sentimientos contradictorios: aquella
mujer había criado a un hijo sin la ayuda de nadie y reunió el coraje suficiente para lanzarse junto
a él hasta otro continente, pero también fue la amante de mi padre, la mujer que, tal vez sin saberlo,
había consumado una traición a nuestra familia.
La vida en Orán no distaba demasiado de la que dejé en el pueblo. Nos levantábamos antes del
amanecer para pasar el día trabajando como animales de carga. Al llegar a casa me reconfortaba
encontrar a mi hermano, que acababa la jornada una hora antes que yo. Cenábamos juntos y ju-
gábamos alguna partida de cartas, o salíamos un rato a sentarnos junto al espigón para observar
a los pescadores que con sus largas cañas sacaban peces de roca que venderían allí mismo, en
puestos improvisados sobre viejos papeles de periódico. De algún modo, me sentía tan ligado a él
como si nos hubiésemos criado juntos y en apenas unos meses no podía imaginarme transitando
de nuevo por la triste vida solitaria que había llevado hasta entonces.
Pasamos así un par de años. A principios de 1904, sin que llegásemos a sospecharlo, el infortunio
se cruzó en nuestro camino. Alguien nos comentó las grandes posibilidades de fortuna que ofrecía
el continente americano. Allí tenían costumbres similares a las nuestras, pero el trabajo era más li-
viano y se hablaba español, o portugués si el destino era Brasil. Hasta las mujeres eran más acce-
sibles que en un país árabe y atrasado como Argelia.
Mi carácter siempre ha sido apocado y cualquier cambio en mi vida lo he percibido como una
amenaza. Mi hermano, sin embargo, se entusiasmó de inmediato con la idea de cambiar de aires.
Desde que lo embaucaron con las bondades de aquellos países no paraba de hablar de la idea de
marcharse. De repente, todo lo que teníamos allí le parecía superfluo y se convenció a sí mismo de
que su felicidad sólo era posible al otro lado del Atlántico.
Nos embarcamos en primavera en un buque gigantesco con rumbo a Río de Janeiro. Manuel lo
hizo con la convicción de que nuestras vidas iban a experimentar una gran mejora, incluso pensaba
que llegaríamos a hacernos ricos. Yo lo seguí impulsado por la necesidad: me resultaba insoportable
la idea de volver a encontrarme solo en Orán.