Página 48 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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La travesía duró tres semanas. En la cubierta, cuando no llovía, una legión de emigrantes como
nosotros se dedicaba a matar el tiempo jugando a los dados o las cartas. Mi hermano se integraba
con rapidez en cualquier grupo que estuviera divirtiéndose y yo solía ir en silencio tras su estela. Co-
nocimos pronto a un gallego mayor que nosotros que tenía gran experiencia en el continente. Le
gustaba emborracharse cada noche con un orujo de hierbas que preparaba su familia. Según él,
era su único vicio, que primero le ayudaba a soltar la lengua y después a dormir como un tronco.
En una de sus largas peroratas nos desaconsejó quedarnos en Brasil, pues las condiciones de trabajo
hacían que los empleados se diferenciaran poco de los esclavos que aún vivían en áreas rurales.
Manuel escuchaba a ese hombre como si se hallase ante un profeta bíblico y daba por sentado que
cualquier frase que salía de sus labios contenía la verdad absoluta. En poco tiempo estaba conven-
cido de que debíamos proseguir el viaje hasta Argentina, donde los españoles como nosotros éramos
recibidos con los brazos abiertos y las posibilidades de hacer fortuna estaban a la orden del día.
Al principio me avergonzaba reconocerlo, pero cuando el puerto de Río apareció en el horizonte
no encontré un modo de ocultar la verdad: en mis bolsillos no había ni un céntimo. Ni de lejos iba
a poder permitirme el pasaje hasta Buenos Aires. Mi hermano se mostró dispuesto a prestarme el
dinero necesario, pero consultó el precio del billete y sus ahorros no llegaban para ayudarme.
Mientras el sol comienza a abrirse paso en la mañana de Santiago de Chile, pienso que la vida
fue cruel cuando nos obligó a separar nuestros destinos. Tal vez si hubiésemos permanecido juntos
la suerte de Manuel hubiese sido otra, o quién sabe si la mía hubiese ido pareja a la suya.
Sin determinación alguna, mis pasos me llevan a recorrer los alrededores de mi casa, el pequeño
mundo en el que llevo recluido varias semanas, hasta que acabo por desembocar junto al Parque
Cousiño. Me decido por ocupar un banco a la sombra de una araucaria gigantesca, justo enfrente
de la Fábrica de Cartuchos del Ejército Chileno. Extraigo de mi bolsillo el periódico, amarillento tras
siete años de trasiego por todo el cono sur americano, y me dispongo a leer de nuevo la crónica,
el momento congelado del tiempo en el que una parte de mi vida quedó estancada. Leo lo que las
autoridades quisieron que el mundo supiera hace siete años. La rebelión de los trabajadores del sa-
litre, la llegada del ejército para cercar la escuela de Santa María y la necesidad de desalojar el
edificio por cualquier medio, las tropas que actuaron ante la imposibilidad de hacerlo de un modo
pacífico y un número indeterminado de víctimas, culpabilizadas por no guardar más silencio sobre
sus humillantes condiciones de vida.