Página 49 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Llegó el mes de junio. Las débiles luces del puerto de Río apenas permitían vislumbrar las enormes
columnas de humo negro desprendidas por el barco que me iba a separar de mi hermano para
siempre. Sentado sobre unos sacos de mineral aguardé durante casi una hora hasta que el gran
buque salió a mar abierto y las fuertes olas del invierno austral disolvieron su estela bajo grandes
remolinos de espuma blanca.
Prometimos escribirnos con frecuencia, al menos cada dos semanas, y comunicarnos puntualmente
cualquier cambio en nuestro lugar de residencia para no perder el contacto. En cuanto ahorrase el
dinero suficiente, me comprometí a seguir a Manuel hasta Buenos Aires donde, para cuando yo
consiguiese llegar, él tenía previsto encontrarme instalado en algún apartamento, tal vez propietario
de algún próspero negocio.
Empleado en el puerto pesquero, aguardé en Río la llegada de su primera carta. No estaba sellada
en Argentina, sino en el Gran Norte de Chile, donde había acudido, como siempre hacía, reco-
mendado por algún amigo ocasional de los muchos que solía encontrar por el camino. A veces,
cuando lo recuerdo durante el tiempo que compartimos, pienso que su credulidad sólo tenía com-
paración con el entusiasmo que ponía ante el más extravagante proyecto que cualquiera le ofrecía.
En esa misiva me describía el paisaje de la zona en la que pensaba comenzar su escalada hacia
la fortuna, una región donde las montañas se precipitaban hacia el mar formando gigantescos acan-
tilados, moteada por pequeñas llanuras despobladas que allí llamaban pampas. En zonas próximas
a la costa el clima era parecido al de nuestro pueblo, pero en el interior las temperaturas eran se-
veras, tanto de día como de noche. Había encontrado algunos españoles, pero la mayoría de la
población se componía de chilenos y bolivianos, hombres de muy baja estatura con hombros y
manos anchas, piel curtida por el sol y ojos afilados. La explotación del salitre estaba en manos de
empresas de Inglaterra y el régimen en que comenzó a trabajar era similar a la esclavitud. Sin em-
bargo, su optimismo casi enfermizo le brindaba la certeza de encontrar el momento que la fortuna
le reservaba en aquel lugar. Cuando supe que Manuel estaba asentado, decidí escapar del trabajo
en el puerto, un lugar sombrío donde la humedad era tal que comenzaba a sudar antes de realizar
ningún esfuerzo y ni tan siquiera el sol lograba evaporar los charcos que se acumulaban en el suelo.
Pensé que en el interior del país estaría más cómodo y me marché hacia una localidad llamada Bo-
tucatú, donde una importante compañía se hallaba inmersa en el trazado de una línea férrea. En
aquel lugar apenas había viviendas disponibles y tuve que instalarme en algo parecido a una choza,
compartiendo un incómodo cuarto con dos indígenas.
En la soledad de las noches reflexionaba sobre mi pasado y una idea se convirtió en la obsesión
que, hasta el día de hoy, ha gobernado mi vida: mi padre acabó en un manicomio, pero me preo-
cupaba especialmente que sus dos tíos, José y Francisca, y el hijo de ésta también soportaron en el
pueblo la fama de estar locos. No puedo apartar de mi cabeza la idea de que si estoy sentado en
este banco frente a la fábrica militar, leyendo un periódico de hace siete años a miles de kilómetros
de mi hogar, tal vez sea porque mi mente tampoco rige como es debido. Es posible que ese sea
también el motivo por el que nunca me deshice del puñal, o por el que adquirí hace una semana el
frasco de veneno. A veces no sé si debo matar o morir, si quiero poner fin a mi vida antes de cometer
un acto que me tienta con tanta fuerza como me repulsa.