Página 50 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Llevaba más de cuatro meses preocupado por no recibir cartas de Manuel y en mi mente comen-
zaba a abrirse paso la idea de que se habría cansado de esperarme. Era el mes de abril y desde
casi tres años atrás venía desempeñando los más variados oficios, sin encontrar el momento opor-
tuno para volver a abandonarlo todo y marcharme a Tarapacá donde, por muy dolorosas que fuesen
las condiciones del trabajo en el salitre, mi situación no podía empeorar. Un día a la semana entraba
en una miserable taberna construida con tablas que se mantenía milagrosamente en pie. Allí solía
conversar con alguno de los parroquianos, a los que observaba con paciencia mientras el aguar-
diente los amodorraba sobre la chapa de hierro que hacía de barra.
Aquella tarde se sentó junto a mí un joven brasileño que pasaba las tardes leyendo periódicos
atrasados que el dueño de la taberna solía acumular en un rincón para
envolver los platos que servía.
—Es increíble que se cometan barbaridades como esta —comentó in-
dignado, señalando la fotografía borrosa que flanqueaba un llamativo ti-
tular—. Han matado a cientos de trabajadores chilenos para acallar sus
protestas.
Le arrebaté de las manos aquellos papeles y mientras leía el artículo los
meses sin noticias de Manuel comenzaron a cobrar sentido. Solté el diario
sobre la barra y salí corriendo de la taberna. Cuando llegué a mi habita-
ción, el aire parecía agarrarse a mi garganta para impedirme respirar. En
apenas media hora guardé mis escasas pertenencias en una pequeña mo-
chila y me precipité hacia la calle. Caía la noche y un escalofrío recorrió
mi espalda cuando el viento fresco del otoño entró en contacto con el
sudor que me empapaba. Busqué el camino que llevaba hacia el oeste y
comencé a andar muy deprisa, sin saber demasiado bien lo que estaba
haciendo.
Aún hoy me sorprende que fuese capaz de alcanzar mi destino. Por ca-
minos intrincados recorrí las selvas del Mato Grosso, el norte de Paraguay
y Bolivia, atravesé la cordillera andina cuando comenzaba a cubrirse con
las primeras nieves hasta descender en el desierto del norte chileno. En
apenas un par de ocasiones tuve la fortuna de encontrar algún carro que
coincidiese con mi ruta para aliviarme de algunos kilómetros de marcha.
Algunos días pensé que el agua que caía sobre mi cabeza sería suficiente
para inundar todo un continente y otros hubiera estado dispuesto a matar a alguien a cambio de un
sólo trago. Mis pies quedaron deformados por las piedras del camino y mi cuerpo, alimentado ape-
nas con las sobras que me ofrecieron en algún lugar recóndito a cambio de un trabajo ocasional,
más parecía un cadáver que el de un hombre vivo.
Pero logré llegar hasta allí, y a pesar de mi debilitado aspecto encontré trabajo en la mina. Las vi-
viendas de mis compañeros estaban dentro del propio complejo extractor, elaboradas en su mayoría
con chapas provenientes de latas o bidones. En su interior hacía el mismo frío que en la calle y lo-
graban calentarlas sólo a base de la combustión de maderas, llenando el ambiente de un olor a
humo que apenas mitigaba el del sudor de sus habitantes. La primera noche no pude conciliar el
sueño, temeroso de ser desvalijado de mis escasas posesiones. Tuve que acostarme en el suelo, con
mi bolso bajo la cabeza para tratar de buscar una postura cómoda entre los ronquidos de mis com-
pañeros.
Cuando llegó el domingo, me hallaba totalmente abatido. El trabajo era el más duro que había
conocido. Me dolía la espalda, la claridad del suelo cegaba mi vista y pese a preguntar a varios
trabajadores no tenía noticias de mi hermano. En el único día de descanso observé que nadie aban-
donaba el recinto minero. Un encargado me entregó la paga, consistente en una exigua cantidad
de dinero y una serie de fichas canjeables en las tiendas de la mina. Con ellas en el bolsillo caminé
pero logré
llegar hasta
allí, y a pesar
de mi
debilitado
aspecto
encontré
trabajo en
la mina