Página 51 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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en pos del resto de mis compañeros, que se dirigían como autómatas hacia las cantinas que la pro-
pia empresa tenía instaladas en el extremo sur de la explotación. Entré en una de ellas y, tratando
de vencer mi timidez, abordé a un hombre muy mayor con el rostro abrasado por el sol que vestía
al modo indígena. Le di razón de mi hermano y con un acento casi incomprensible me dijo que no
lo conocía, pero me indicó que en la cantina que había cruzando la calle sabrían algo de él, pues
era el lugar en que solían reunirse los pocos españoles que había por allí.
Arrastré mis pies sobre la tierra blanca del camino y entré en el nuevo local, que resultó una re-
producción simétrica del que acababa de abandonar. En una de las esquinas, un grupo de cinco
hombres hacían música con susflautas de caña mientras el resto se agolpaba en torno a la barra
para gastar la paga que acababan de recibir. Apenas llevaba allí unos minutos cuando alguien se
me acercó y me tocó el hombro.
—¿Eres nuevo por aquí, amigo? —mi interlocutor era un hombre de mi edad, con rasgos euro-
peos.
—Sí. ¿En qué lo ha notado?
—Para empezar, sé distinguir a un español en cuanto lo veo, y puedo presumir de que conozco a
todos los compatriotas que trabajan en la mina. Pero, además, percibo que el sol no ha esculpido
aún la derrota en tu rostro. Cuando lleves más tiempo aquí comprobarás que las compañías mineras
son como las arenas movedizas: entras con pasos dubitatibos y en poco tiempo estás atrapado y
eres incapaz de salir. Mi nombre es Ernesto; Ernesto Goicoechea —dijo estrechando mi mano.
—Mi hermano trabaja en esta misma empresa. Tal vez usted sepa algo de él.
—Había algo en tu cara que me resultaba familiar, pero ahora ya sé quien eres. Manuel Vaca era
tu hermano, ¿verdad? Siempre hablaba de Antonio Ramón, al que tuvo que abandonar en Brasil.
Albergaba pocas esperanzas de volver a reunirse contigo.
—Habla usted en pasado. ¿Acaso ya no está aquí? —pregunté temeroso de escuchar una res-
puesta que desde hacía meses parecía evidente—. ¿Qué ha ocurrido con él?
—Fue uno de los desgraciados que cayó en la escuela de Iquique. Bien que nos advirtieron que
no nos metiésemos en aquel lío, pero no hicimos caso. Marchamos hasta allí ilusionados con el
grupo de huelguistas y la mayoría de los nuestros no regresaron.
Las últimas palabras de mi interlocutor fueron diluyéndose entre la música y el griterío de la cantina.
Noté una especie de vacío en mi mente y una sensación de angustia fue trepando desde mi estómago
hasta la garganta. Apenas pude reprimir el llanto y tuve que agarrarme de la barra para no caer al
suelo. Ernesto me sujetó por el brazo y pidió al camarero dos licores que éste colocó con desgana
sobre la chapa de zinc.
Recordé el efecto que el vino había tenido en mi organismo el día que fui con los amigos a recoger
mi dispensa del ejército y la promesa que hice a mi madre de no volver a probar el alcohol, pero
aún así tomé el pequeño vaso y vacié su contenido de un trago. Un calor confortable recorrió mi
pecho y en apenas un instante un cosquilleo invadió mi cabeza provocándome una especie de paz
que unos segundos antes me hubiese parecido imposible. En un exceso de confianza que incluso a
mí me resultó extraño, tomé a Ernesto por el hombro y lo obligué a acompañarme hasta una pe-
queña mesa redonda.
—Cuénteme lo que ocurrió. Tengo que saber cómo murió mi hermano.
Ernesto cerró los ojos un instante mientras daba un largo trago a la cerveza que habíamos pagado
con mis primeras fichas. Deslizó su mano sobre la mesa y apretó con fuerza mi antebrazo mientras
comenzaba a desgranar la historia de la matanza.
—Las compañías llevan años pisoteándonos como si fuésemos insectos. Los horarios de trabajo
son interminables y quien cae enfermo o resulta herido en alguna de las máquinas es despedido sin
importar que su familia quede en la indigencia. Nos obligan a vivir de alquiler en sus casas, sopor-
tamos los abusos de sus policías y la mayor parte del sueldo lo entregan en fichas intercambiables
en las pulperías, que pertenecen también a la empresa. De ese modo, gastamos la paga en sus
propios establecimientos, lo que equivale a decir que trabajamos por la ropa y la comida, como si
fuésemos esclavos. Pero hace unos meses comenzó a flotar en el ambiente la idea de que algo
podía cambiarse. Llegó noticia de que en la salitrera de San Lorenzo los compañeros habían con-