Página 52 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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vocado una huelga y algunos de los nuestros comenzaron a movilizarse. Por primera vez en años
parecía que los ingleses tendrían que escuchar nuestra voz, así que fuimos muchos los que decidimos
apoyar la huelga. A lo largo de los caminos nos íbamos uniendo a grupos de mineros procedentes
de otras explotaciones hasta que desembocamos en Iquique. Las reivindicaciones eran sencillas:
queríamos cobrar en efectivo, eliminar las fosas de mineral en las que tantos compañeros han
muerto, libertad para establecer comercios en la proximidad de las minas y posibilidad de instalar
una balanza sindical en la puerta de la pulpería para que el obrero pueda comprobar que no lo en-
gañan con el peso, creación de escuelas nocturnas para obreros y cese de los abusos arbitrarios
por parte de los administradores. Nos unimos al gran grupo cerca del puerto y marchamos juntos
hasta la escuela. Manuel y yo nos aupamos al tejado y desde allí pude contemplar la mayor con-
centración humana que han visto mis ojos: miles y miles de proletarios desesperados, ansiosos por
lograr justicia. Pero aceptar alguna de las condiciones que proponíamos hubiese supuesto una pér-
dida de autoridad para las compañías, y no podían permitirlo. Comenzó a correr el rumor de que
en el puerto atracaban barcos de guerra. Inocentemente pensamos que escoltarían autoridades del
gobierno para mediar en las negociaciones. El día veinte de diciembre se produjo una escaramuza
entre el ejército y un grupo de los nuestros, que huían junto a sus familias y cayeron asesinados.
Tras el funeral de los compañeros, la tensión creció en nuestras filas. Los militares nos advirtieron
que debíamos abandonar la escuela y deponer la huelga. Parecían matones a sueldo de la compa-
ñía, y tal vez fuera esa la realidad, pues al presidente parece interesarle más estar a bien con los in-
gleses que con su pueblo. El general Silva Renard, jefe implacable de las tropas de asalto, dio un
ultimátum. Amenazaba con abrir fuego contra nosotros si no abandonábamos la escuela a mediodía,
pero casi todos pensamos que aún había margen de negociación y nos negamos a deponer nuestra
actitud. Aún parecen resonar en mis oídos los abucheos hacia los pocos que abandonaron el recinto.
Poco después, una gran escuadra militar comenzó a formar frente a la puerta de la escuela. Los
mandos se emplazaron en uno de los laterales y durante unos minutos interminables conversaron
con algunos de los líderes sindicales. Manuel y yo vimos a los compañeros regresar al edificio con
la resignación grabada en el rostro. En apenas unos minutos, el general dio la orden y la plaza se
convirtió en un caos. Los disparos se superponían unos a otros y los hombres caían sobre el suelo.
Los aullidos de dolor apenas encontraban hueco entre el sonido de la pólvora. Manuel cayó de los
primeros, junto a mis pies. No llegó a emitir una queja, pues una bala le atravesó la garganta. Ate-
rrado, me lancé al suelo y logré arrastrarme sobre cadáveres y charcos de sangre hasta llegar a la
parte posterior de la escuela. Al abrigo del edificio, los supervivientes comenzamos a correr en todas
direcciones. Allí acabó todo. Nuestras esperanzas de mejora fueron enterradas bajo el plomo de las
balas y descubrimos que no sólo teníamos enfrente a las compañías mineras, sino al gobierno y el
ejército del país: habíamos perdido, y perderíamos siempre que se nos ocurriese regresar a la lucha.
Ernesto se detuvo con la vista perdida en algún lugar a mi espalda. Apuró la cerveza de un trago
y soltó la jarra sobre la mesa, resignado. A lo largo de su alocución tuve la sensación de que la re-
citaba de memoria unas palabras gastadas de tanto ser repetidas, la versión de alguien que vivió la
matanza de Iquique en primera persona convirtiéndose en un héroe o, tal vez, un cobarde con suerte.
Se dirigió con parsimonia hasta la barra y volvió con dos nuevas jarras de cerveza pese a que la
mía permanecía ante mí, intacta.
—Los cadáveres fueron retirados con premura, pero fueron los diarios quienes terminaron de en-
terrarlos bajo una versión oficial que sólo contiene mentiras. Nunca sabremos cuántos fueron, pero
es seguro que muchos más de los que las crónicas quisieron contar.