Página 53 - SENOHI

Versión de HTML Básico

RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
|
53
|
6
Las sombras de los árboles comienzan a acortarse arrastrando con pereza sus bordes sobre el
suelo. Por la calle se suceden algunos transeúntes ocasionales hasta que llega el hombre al que
aguardo. Primero distingo su forma de caminar cuando asoma al fondo de la avenida y poco a
poco su silueta se hace reconocible mientras se acerca cobijado del sol por los edificios de una
planta. Hace semanas que vine a buscarlo al lugar donde trabaja, y gracias a un vendedor de bar-
quillos del parque fui capaz de distinguirlo de entre el grupo de militares que cada día entran y salen
de la fábrica.
Pasa ante mí y me dirige una mirada furtiva. Tal vez reflexiona sobre mi presencia, fija y sospechosa
en el mismo banco durante varias mañanas consecutivas. Pensará que soy un ocioso o un mendigo.
Ignora que mi mano izquierda reposa sobre el acero de una daga, que mi hermano murió por orden
suya y estoy dispuesto a poner fin a mi vida en el mismo instante que el cielo me envíe el valor para
hacer lo que llevo rumiando desde hace siete años, un valor que sólo puede brotar de la tan temida
locura heredada de mi padre. Hoy, sin embargo, espero verla aparecer para hacer justicia.
Pero continúo aquí sentado, y en apenas un minuto desaparecerá por la puerta del edificio militar,
como los últimos días, y mi corazón volverá a su ritmo normal en cuanto compruebe que he vuelto
a fracasar en mi intento.
Una ligera brisa mueve las ramas del árbol que hay frente a mí y el sol penetra entre ellas hiriendo
mi vista. Siento una punzada en la mente y mis piernas me levantan de un modo mecánico. Co-
mienzo a caminar deprisa hasta alcanzarlo y noto un pulso violento en las sienes y el cuello, como
si toda la sangre de mi cuerpo quisiera fluir de golpe hacia mi cabeza. Me pregunto si será mejor
adelantarlo para tenerlo de frente, pero decido que no quiero ver su rostro. Extraigo la daga del
bolsillo, miro hacia atrás y compruebo aliviado que nadie me sigue. El puño del arma parece arder
en mi mano cuando me dispongo a asestar el primer golpe. Golpeo su espalda, sobre la cintura, y
la daga penetra en su chaqueta militar. En la calle resuena su alarido y cae de rodillas mientras se
gira aterrorizado agarrándose al enrejado de una ventana. Alguien grita a mi espalda y observo
que varias personas comienzan a acercarse hacia nosotros. Agobiado por las circunstancias co-
mienzo a apuñalarlo maquinalmente en el cuello. Una, dos, tres veces descargo la punta de la daga
sobre la única zona que lleva al descubierto. El aire se llena al instante con el olor de la sangre y
las heces del hombre que ya apenas presenta resistencia. Se encoge sobre sí mismo, agarrando su
garganta con ambas manos mientras gime palabras que no consigo entender. Está tumbado sobre
el suelo y los curiosos comienzan a llegar hasta mi posición. Dudo si agacharme para volver a clavar
la daga en su estómago, pero mis piernas comienzan a alejarme del lugar del mismo modo que me
llevaron hasta mi víctima, como si un cerebro ajeno al mío fuese quien les enviara la orden. Camino
deprisa unos metros y luego echo a correr. Noto el sudor resbalando por mi espalda y la garganta
se me seca tanto que cada bocanada de aire parece la dentellada de un cuchillo. Los gritos co-
mienzan a amortiguarse a mi espalda y comprendo que es el momento de acabar con todo. Arrojo
la daga al suelo y el periódico en una papelera. Ya no será necesario que vuelva a leer la noticia
del asesinato de mi hermano. Me siento en un banco y engullo de un trago el contenido del frasco.
Un temblor comienza a apoderarse de mi mano, magullada por el uso de la daga. No sé si lo pro-
duce el terror, el cansancio o el veneno.
Cierro los ojos y a través de mis párpados penetra la claridad azulada del sol. Es casi media ma-
ñana y reclino mi cabeza sobre el respaldo del banco invadido por una extraña sensación de alivio.
Pienso en los esclavos del salitre con los que conviví durante varios meses, en sus hijos analfabetos
y sus mujeres con las piernas deformadas por un trabajo inhumano. Antonio Ramón, el hermano de
Manuel, los ha vengado.
De repente, algo atenaza mis brazos. Inmovilizado, giro el rostro y observo a dos militares jóvenes
que sujetan con fuerza mi espalda contra el banco. Son los mismos que montaban guardia junto a
la puerta de la fábrica de cartuchos. Trato de hablar, pero un tercer hombre que los acompaña alza