Página 54 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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un sable y lo descarga sobre mi cabeza. Siento que todo adquiere un color sombrío y los golpes si-
guen cayendo con violencia hasta que alguien grita que debo ser conducido ante la justicia y para
eso tengo que estar vivo.
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En sueños se me ha vuelto a aparecer Molvízar: el valle del río Guadalfeo rodeado del verdor
frondoso de los cañedos, el olor a uvas y mosto en sus calles empinadas, los animales rebuscando
en el suelo ante las puertas de casas encaladas. Quisiera haber despertado en casa de mis abuelos
y salir hacia el campo a labrar, pero lo que encuentro a mi alrededor es una celda estrecha y calu-
rosa. Gruesos vendajes protegen mi cabeza, húmedos por el sudor y la sangre que aún cubren los
restos de cabello adheridos a mi cuello como la resina pegajosa de un árbol.
Tardo un instante en comprender que no me encuentro solo. Dos hombres de rostro adusto me
observan en pie, junto a los barrotes de la puerta. Uno de ellos mueve mi tobillo con su pie, como
si quisiera cerciorarse de que aún me hallo con vida. Un hedor casi insoportable sube entonces
desde mi pecho, percudido con los vómitos que debí expulsar cuando me hallaba inconsciente.
También me engañó el tipo al que compré el veneno.
La luz de la celda es tenue y temblorosa, producida tal vez por la pequeña llama de una lámpara
de gas. El dolor en mi cabeza parece producido por un punzón y apenas soy capaz de incorporarme
para despegar mi espalda del suelo húmedo. Cuando lo intento, un temblor se apodera de mis
piernas y vuelvo a caer hacia atrás en medio de un gemido de dolor. El más alto de los hombres
viste un uniforme que parece de policía. El otro lleva un cuaderno en sus manos. Tras unos instantes
de duda, el segundo se dirige a mí en un tono maquinal.
—En la ciudad de Santiago de Chile, a día quince de diciembre de 1914, se le acusa del intento
de asesinato del general don Roberto Silva Renard. Esperamos que colabore con la justicia y de ese
modo tendrá un proceso rápido y sencillo.
Intento de asesinato. Su voz reverbera en mi cabeza una y otra vez. Intentar un crimen sin lograrlo
habrá sido el último acto que realice en libertad. Un sopor repentino invade mi mente y, de repente,
los dos hombres dejan de importarme. Me giro despacio y vuelvo a cerrar los ojos para tratar de ol-
vidar mi vida, una sucesión sin sentido de intentos frustrados.