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EN la gruta
DEl rEy DE la moNtaña
UN RELATO DE
Roberto Migoya Ramos
N
otó una sacudida y un tremendo dolor. Abrió los ojos con dificultad. Frente a sus narices, inclinado
hacia él y zarandeando su maltrecho hombro, el borrón de una silueta uniformada. Se zafó de
la difusa forma con gorra apartándola de un manotazo. Su confusión farfulló un lamento de pá-
nico.
—Lo siento, caballero, no quería asustarlo, pero el tren está llegando a la estación... Fin de trayecto —la
figura habló con un fuerte acento renano.
—¿Dónde estamos? —preguntó, todavía aturdido.
—A diez minutos de Colonia, tiene usted un sueño muy profundo, si me permite la libertad.
—Nunca mezcle somníferos con alcohol, son una mala combinación —mintió raudo, casi por instinto.
Sus ojos se habían acostumbrado a la luz del compartimento y veía con claridad al empleado de fe-
rrocarriles que, de pie, lo miraba ceñudo e intrigado.
—¿Cuánto he dormido?
—Yo no lo conocía despierto, señor, y me he subido en Bielefeld.
—Eso es una buena siesta, ¿no cree usted?
—Ya lo creo. Puesto que tuvo la precaución de dejar su billete en el asiento, no me tomé la molestia
de despertarlo.
—Ha hecho muy bien, muchas gracias por todo, tome esto es para usted.
—Cinco marcos, es muy amable.
—Por cierto, ¿qué hora es?
—Las doce y media —concluyó el revisor, que sonriente por la propina abandonaba el vagón alzando
la gorra a modo de despedida.
En cuanto la puerta se cerró, se inclinó rápidamente hacia la ventanilla. Descorrió la cortina deshila-
chada y la oscuridad irrumpió en el departamento. Volvía a ser de noche. Había dormido doce horas segui-
das.
Se incorporó con una queja de sus rodillas. Las piernas le temblaban por el largo tiempo que había
permanecido sentado. Comprobó si en el portamaletas seguían estando sus cosas. Allí estaban. Beso el
billete eufórico y agradeció al techo la bendita suerte que le había acompañado en su letargo inconsciente.
Revisó la oquedad de su chaqueta, por un momento se le había olvidado. Apenas podía mover el
brazo izquierdo y el hombro le dolía horrores. La bala se había alojado, y todavía escocía, en alguna parte
cercana a su omóplato.
El pitido de la máquina le indicó la proximidad de la estación. Bajó su maleta a duras penas, que se
abrió al rebotar de canto contra el sillón raído. Un par de latas de películas se asomaron al exterior, eran las
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