Página 58 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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únicas que había podido salvar y, aun así, la maleta pesaba como un ataúd. Sacó una gabardina
de ella y se la puso encima del abrigo para tapar la mancha de sangre seca, como seca estaba
también la mugre de su ropa, tan sucia que le había ayudado a camuflarla. Se sentía débil, pero la
efusión hemorrágica era casi imperceptible. Recogió todo y salió al pasillo.
El tren se detuvo con estruendo de frenos. Se apeó todo lo veloz que le permitía su herida y el
considerable fardo. Buscó la taquilla con la vista nada más apoyar los pies en el suelo, apretó el
paso hacia ella y compró un nuevo billete para Aquisgrán, su última parada. Una vez allí, y si no se
volvía a desmayar, atravesaría la frontera belga en coche, a pie o a rastras, si fuese necesario. Re-
gresó a la plataforma exterior con el pasaje a buen recaudo en su bolsillo, no sin antes lanzar varios
reojos desconfiados a los lados de aquella gélida terminal. No en vano, se hallaba en una de las
ciudades más grandes de toda Alemania y debía andar con mil ojos si no quería que sus huesos
acabasen en un campo de prisioneros o, peor si cabe, bajo la tierra hedionda de su patria adoptiva.
La estación de Colonia se encontraba silenciosa y fría como un sepelio bajo la nieve. Los via-
jeros, que no llegaban a la decena, se acurrucaban en los bancos de los andenes bajo sus gruesos
tabardos. Protegiéndose como podían del invierno teutón, esperaban la llegada del transporte que
les llevaría lejos de aquel bullicioso país, incandescente por las brasas que había dejado la Gran
Guerra y que buscaba arder de gloria germana, como había ardido el Reichstag días antes.
Cogió un cigarrillo de su pitillera plateada. Las iniciales ‹‹F.L.››, grabadas junto a un fotograma
de la obra de Murnau, adornaban la tapa superior. Sus ojos se iluminaron con el brillo de la nos-
talgia, recordando cuando Thea, su mujer, se la regaló durante el estreno del primer rodaje juntos.
Con unos suaves golpes, prensó el tabaco contra la sombra del vampiro perfilada sobre la tapa.
Recorrió sin suerte los bolsillos de su gabán y, resignado, se acercó a un controlador de agujas que
se apeaba en ese momento de un chirriante vehículo de balancín.
—¿Lleva fuego, buen hombre?
Una mano negra, barnizada con óxido de raíl, extendió unos fósforos. El emblema del partido
nacionalsocialista impreso por ambos lados de la cajetilla le azotó sus adentros al igual que la vara
azota el castaño. Nadie respiraba tranquilo desde que comenzaron las persecuciones a judíos y,
mucho menos, un artista como él. Más si cabe, después de la avería que incendió el parlamento,
la cual dejaba a los comunistas en bastante mala posición, condenándolos al grito de ‹‹¡El bolche-
vismo, sin máscara!›› por las plazas germanas. Sea como fuere, a esas alturas, el país andaba tan
revuelto que la esvástica nacional podía helar la circulación de cualquiera por sí sola. Dio las gracias
al ‹‹camarada›› ferroviario con un escalofrío recorriendo su brazo. Se engañaba pensando que se
debía al gélido metal de la pitillera que aferraba aún, apretándolo pasmado con las yemas de sus
dedos, pero la verdadera causa era la presencia de Goebbels, el recién nombrado jefe de propa-
ganda nazi, la tarde anterior en su residencia berlinesa.
Joseph, como a su mujer le gustaba llamarlo con ciega cercanía, admiraba su obra. O eso
había dicho, ya que era de esas personas que inundaban desconfianza a cada una de sus sonrisas
y temor a cada una de sus palabras amables. Sus intenciones fueron buenas: buenas para sus inte-
reses. Necesitaba ensalzar, plasmando en rollos de película, el ideal teutónico de cruz gamada.
Pretendía una campaña cinematográfica como nunca se hubiese visto con anterioridad en ese
medio de expresión. Toda una serie de cortos y largometrajes e inmensos documentales, donde el
protagonista fuera la raza aria, alzada sobre la evolución y la humanidad. En el polo opuesto, de-
fenestrado y odiado, estaría ‹‹el problema judío›› y el resto de los ‹‹subhumanos››, como le gustaba
denominarlos, que se mostraría al público, alienado y ferviente, como motivo de la derrota en la
guerra y deshecho social digno de erradicación por el nuevo imperio alemán. ‹‹¿Hasta dónde les
dejarían llegar en su hambre de lunático poder?››, pensó ese hombre que aguardaba el próximo
tren y que respondía al nombre de Friedrich Christian Anton Lang, ‹‹Fritz Lang›› para acortar esa re-
tahíla nominal impuesta por sus progenitores. No obstante, a pesar del conocido apodo y de todas
las fotos en la sección cultural de los diarios, ninguno de los presentes en la nocturna estación sos-
pechaba su identidad, ni que tras su semblante aterido se escondía uno de los más afamados cine-
astas del país.